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Eduardo Baldares, narra fútbol, béisbol, baloncesto y transmitiría ping pong con tal de relatar, su gran pasión...

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No se puede culpar a los “pequeños” por plantársele defensivamente a los tradicionales

Categorización en el futbol de Primera

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FOTO: /Foto: Graciela Solís

Cuando los eliminan de la Liga de Campeones de Concacaf, dirigentes, técnicos y jugadores de los equipos ticos suelen entonar un lacrimógeno “Yo no fui”, al son de excusa barata.

“Es que es muy diferente la dinámica del futbol internacional a lo que nos enfrentamos nosotros en nuestro torneo”, palabras más, palabras menos, se “quitan el tiro” los recién eliminados luego de ser despachados por algún equipo gringo o mexicano.

Paradójicamente, son esos mismos equipos -los que se suelen clasificar a la llamada “Conca-Champions”-, grandes co-responsables de la falta de ritmo del certamen local.

Consumistas voraces, despiadados e implacables, compran y compran cuanto talento apenas comienza a medio despuntar en alguno de los clubes no tradicionales.  Así, le convierten la vida a los “pequeños” en una auténtica maldición de Sísifo, aquel desdichado personaje de la mitología griega, quien empuja eternamente una pesada piedra hasta la cima de una montaña para que, antes de llegar, la roca ruede ladera abajo por los siglos de los siglos.

Es el drama de los “chicos”. Al comienzo de cada torneo, el DT toma la piedra (escuadra), la forma, la redondea, la sube por la colina y, cuando parece llegar al pináculo, llegan los “grandes” y se la taladran. La roca rueda y el “chico” tiene que comenzar de nuevo a esculpirla.

No se puede culpar a los “pequeños” por plantársele defensivamente a los tradicionales. Con tal diferencia de planillas, el énfasis defensivo, el corte de alas y de ritmo son lógicos y esperables contra rivales que cuentan con dos y hasta tres equipos de primera línea. A ellos, en cambio, con costos les sale uno “más o menos” y, cuando lo arman, se los desarman al instante.

Para citar solo tres figuras por club (son más), otro gallo cantaría si Uruguay contase todavía con Angulo, Herrera y Condega; Santos con Acosta, Porfirio y Arauz; la “U” con Salazar, Scott y Sánchez; PZ con Néstor, Guzmán y Hay; Puntarenas con Cubero, Yendrick y Quirós; Liberia con Guevara, Núñez y Junior Alvarado, y Limón, ¡Limón!, ¿se lo imaginan con todo su talento autóctono?

Es entonces que vemos en retrospectiva de finales de siglo al entonces presidente de la Federación Costarricense de Baloncesto, Osvaldo Pandolfo, imponer la categorización de jugadores, dividiéndolos en A, B, C y D, colocándoles un máximo de A y B a cada quinteto, con la intención de equiparar fuerzas y mejorar la competitividad. ¿Funcionó? ¿Es aplicable al futbol? ¿Qué parámetros usar para categorizar a los futbolistas? ¿Cuál debe ser el techo de  jugadores A y B por club? Son preguntas que conviene contestar en esta nueva coyuntura, casualmente con el ingeniero Pandolfo al frente de la Unafut. Entretanto, el ritmo local sigue distando del internacional.

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