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Eduardo Baldares, narra fútbol, béisbol, baloncesto y transmitiría ping pong con tal de relatar, su gran pasión...

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Futbol Nacional

Cómo erradicar la violencia en los estadios: a la fuerza

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Cada vez que ocurre un acto bochornoso, todos nos rasgamos las vestiduras. Los medios hacemos debates, reportajes, análisis y entrevistas muy vehementes en contra de la violencia en los estadios. Los cabecillas de las barras acuden a reuniones con carillas de “yo no fui”, lacrimógenos, arrepentidos, clamando por otra oportunidad... la que siempre les dan. Los dirigentes de los equipos se hacen los preocupados, fruncen el ceño y juran que “nunca más”, que les quitarán la oficialidad y otra sarta de promesas estilo candidato presidencial. La Fuerza Pública le echa la culpa a los clubes y los clubes a la Fuerza Pública. Y, al final, un giro de 360º. ¡No pasa nada!

Desde que Costa Rica copió el modelo de las barras bravas, allá por 1994, nació la bolita de nieve que se fue rodando, creciendo, alimentada de los odios de una sociedad enardecida, donde ya no hay brecha social, sino abismo. Hoy, la avalancha de vandalismo deja los buses llenos de excrementos y los comercios saqueados. Ya ni siquiera hacen falta dos barras para encender la chispa, sino la simple presencia de aficionados con camisetas de otro color para robarles celulares, billeteras, bisutería, o simplemente para golpearlos por diversión o deporte.Entonces, hay que tomar medidas. A la fuerza. Sin negociación de nada. Vía decreto ejecutivo o ley de la República. Llore quien llore.

Para acudir al futbol de primera habría que sacar un carné con código de barras para asistir a un solo estadio. Solo uno. Entiéndase, al del equipo de su preferencia. Sería bajo el criterio de “nos reservamos el derecho de admisión”.

¿Qué eso favorecería a los clubes grandes, que son corresponsables de la violencia por no extirpar a sus barras bravas? No, porque se les obligaría a destinar un porcentaje de sus propias recaudaciones para dividirlas entre los demás elencos, mientras se normaliza la situación. Así, todos pagarían el precio.

Con el tiempo, medido no cronológicamente, sino cualitativamente, dependiendo de los logros, los clubes que hayan erradicado a los delincuentes de sus inmuebles podrían ir obteniendo “visas” para acudir a otros escenarios. Serían aficionados certificados por su club como gente decente. En algún momento, ojalá más pronto que tarde, la familia podría volver al estadio. A cualquier estadio, siempre que se tenga el “pasaporte de buena conducta”. Podría haber barras, pero positivas, de puro apoyo. Y, cuando el giro llegase a los 180º, el sistema de taquillas volvería a la normalidad.

Mientras tanto, según esta utopía, el país tomaría medidas exitosas para volver a convertir el abismo en brecha y la brecha en un puente que se pueda cruzar. Ahí se las dejo picando.

[Columna publicada en la versión impresa del martes 18 de febrero del 2014]

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