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Eduardo Baldares, narra fútbol, béisbol, baloncesto y transmitiría ping pong con tal de relatar, su gran pasión...

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El ‘inquisidor’ y el ‘pobrecito’

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Machetes sangrientos y algodones de azúcar se cruzan en las Redes Sociales luego de cualquier "noticia bomba", sea la grabación de un acoso sexual telefónico, la agresión televisada contra una mujer futbolista o lo que sea que suba a alguien al púlpito del linchamiento popular.

Como el mar embravecido, así es la reacción de las masas. La primera ola es la del "Inquisidor", donde surgen los Torquemadas del teclado, con sus alegatos de fuego, sangre, cadenas, látigos, hogueras. Y decapitación. Otros se enfundan la toga de jueces, sentencian y castigan a la ligera: ¡30 años! ¡Cadena perpetua!

Escondidos tras el plasma, hay quienes se envalentonan. "Si lo tuviera de frente, le pego" se lee por aquí, por allá y acullá, con más y menos saña, aunque en la vida real se orinarían si se topasen al susodicho.

Acto seguido, viene la reacción del implicado, que se defiende como gato panza arriba, con frases al estilo "fue sin querer queriendo", "pido perdón", "tengo familia", "no le pegué yo, ella atravesó su ojo en la trayectoria de mi puño" y un sinfín de etcéteras.

Es entonces que surge la segunda ola, la del "Pobrecito", que el colega Gustavo Jiménez identifica en frases como "todos nos hemos equivocado" o "quien esté libre de pecado que tire la primera piedra".

En este punto, surgen desde la profundidad de la sinrazón joyas del tipo "que no lo condenen, porque tiene hijos", una especie de llamado a los delincuentes para casarse y reproducirse para salvarse de la condena bajo el argumento de "pobrecita la familia".

Diay, ¿no era la persona incriminada la primera que tenía que pensar en las consecuencias de sus actos sobre sus seres queridos?

En el medio, están los objetivos-ecuánimes, quienes combaten la impunidad y piden correctivos (solo si cupiesen), pero sin pasarse de la raya ni en la forma (vocabulario) ni en el fondo (proponiendo represalias).

A estos, los inquisidores los tachan de blandengues, mientras que los paladines del "pobrecito" los califican de hipócritas y les disparan frases como "¿vos nunca te has equivocado o qué?". Y así caen, contradictoriamente, en una actitud inquisidora.

Al final, muchos de estos defensores del "pobrecito" resultan no serlo tanto, porque suelen argumentar sus comentarios con frases al estilo "no justifico lo que hizo, pero...".

Entonces, aunque en el fondo tenían similar posición a la de los críticos comedidos, lo que querían eran pelear con ellos, discutir, condenar e inclusive extralimitarse con alusiones calumniosas sobre el pasado de alguno en específico, sin más prueba que el chisme. Son "memes" y "posts" más filosos que navajas, destructivos cual misiles.

Los extremismos nunca son buenos. Como diría el doctor Paer: ¡calma!, ¡calma!

[Columna publicada en la edición impresa de Al Día el martes 7 de octubre de 2014]



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