A esos atravesados, que se ponen las tenis y se tiran a la calle, obligando a quienes vamos al volante a reducir la velocidad, corrernos hacia el centro, frenar o esperar un poco más cuando el semáforo se puso en verde justo cuando van en frente. A esos arriesgados, que a lo mejor ni saben el riesgo que corren, les dedico esta columna.
A esos que parecen no saber dónde está La Sabana. ¿No les queda cerca? ¡Como si no hubiesen pistas y polideportivos por todas partes! ¿No hay suficientes?
¿Y tampoco tienen tiempo de buscar un lugar adecuado? ¿No les alcanza la hora de almuerzo? Está bien, quizás no.
Bueno... a esos con pulmones a prueba de todo, que agitados inhalan y exhalan el humo de los buses y camiones (como si quisieran compensar los cigarros que no se fuman), sin más remedio que llenarse entre pecho y espalda de negro bióxido de carbono, monóxido de carbono, oxígeno y quien sabe qué más.
A esos que prefieren madrugar, como si las cobijas no fueran suficientemente ricas o el día suficiente largo en el trabajo como para alargarlo aún más. A esos, que a falta de reloj despertador, optan por el masoquismo de salir al mediodía, en lo más y mejor del calor, como si no fuese más placentero sentarse a almorzar un combo.
A esos que levantan la mano intentando ser vistos por los choferes, como si no pudieran detener su jadeante carrera una vez más, como lo hicieron 100 metros atrás. A esos incomprendidos, los estoy empezando a entender, después de dos meses y medio ocasionalmente en la calle, no al volante sino en tenis y pantaloneta, sudando mi cercana primera vez en una carrera de 10 kilómetros, trotando a la orilla de la vía, casi en el caño, a veces en la acera, agradecido con cada chofer que reduce la velocidad o cede el paso.
Que Óscar Ramírez está pasado de kilos, que le falta un cortecito de pelo, que el saco que usa en los partidos de Concacaf no se le acomoda, que no tiene facha de exfutbolista. Que no pudo evitar que McDonald se diera de golpes, ni agarró de las orejas a Palma, para hacerlo volver al juego de un tirón, como las maestras de antes.
Que tiene un equipo para arrollar y juega a la defensiva.
Que cuando va 0-0 saca más medidas que un sastre. Que si va ganando 1-0 cree que el juego es un helado y lo mete en el congelador. Que si mete el 2-0 atraviesa el bus y el carro del “Chunche”, para apostarle a los cotraataques.
¿Me faltó alguna crítica al “Machillo”?
En todo caso, no tardarán nuevas, tontas o con fundamento, en torno a un técnico que, no sé por qué, no termina de ganarse a algunos aficionados y unos cuantos periodistas (a cuatro escritorios del mío tengo un ejemplo).
¡¿Qué más quieren?! -pareció reclamar Ramírez, en una especie de desahogo, luego de golear de visita al Motagua.
Que a veces la Liga es buena, en otras la menos mala y en unas queda debiendo no solo es culpa del “Machillo” sino del irregular fútbol costarricense, lleno de altibajos.
En ocasiones conservador, en otras paga los platos rotos por aquellos que no entienden la diferencia entre defensivo y equilibrado. Hoy, sin embargo, no defiendo a Ramírez; ataco la mezquindad.
Si criticamos, también debemos dar mérito a dos títulos en dos torneos, al primer lugar en el actual, al goleo de su “defensivo” equipo, mejor que cualquier otro, a la buena rotación de jugadores y a la digna representación en Concacaf (más de lo que podemos decir de las últimas incursiones ticas internacionales). Por lo demás, si debe ponerse a dieta o cortarse el pelo, se lo dejo a mi vecina.