Comerse un helado sin remordimiento, ver cómo juegan los niños sin prisa, saborear el primer cafecito como si fuera el último, dar gracias por el día vivido aunque estemos rendidos al posar la cabeza sobre la almohada, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Escuchar la voz de quien nos habla con el simple deseo de comunicarse y estar atentos a lo que nos rodea en sus contrastes y sincronías, en lugar de andar por ahí como muertos caminando y llenos de insólitas ironías, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Darnos permiso de jugar sin tiempo y de leer en busca de la calma o la premisa, apagar el celular para compartir la mesa o la risa, salir descalzos al patio para recordar qué tan frío era el rocío, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Tomarse un vinito a solas o con los buenos amigos, bañarse con agua fría, salir contentos de casa cuando comienza el día y regresar mansos de noche con manos agradecidas, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Apagar un queque de cumpleaños, pedir deseos en grupo o a escondidas, alegrarnos de vernos y extrañar la vieja cobija, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Levantarse de la mesa con hambre y de la cama con sueño, oler un libro guardado o ventilar los secretos, son pequeños regalos que nos damos y que nos alargan la vida.
Porque es un regalo estar vivos, recordarlo, apreciarlo y sentirlo y hacerle justicia al milagro de lo cotidiano compartido, es pequeño regalo que nos damos y nos alargan la vida.
Sacamos el carro Jueves y Viernes Santo y nadie nos tiró piedras.
Compramos unas sardinillas y unos palmitos y alistamos más comida de la cuenta, pero los comercios estaban abiertos y aquella santa angustia de quedarse sin nada pasó a mejor vida.
Vimos cuatrocientas películas de mantos (bíblicas) y aunque sabíamos el final, donde por desgracia siempre se muere “el muchacho”, igual nos emocionamos con la carrera de las cuádrigas donde Ben Hur, le gana al malvado Mesala en una competencia que añales después, aún nos desata emociones y pasión.
Fuimos a la procesión y sufrimos en carne propia ese curioso bochorno del Viernes Santo.
Escuchamos el silencio del barrio donde una vez al año nada se mueve y el tic tac de reloj ensordece.
Comimos arroz con leche con dulce de chiverre y nos acordamos de cuándo la abuela hacía almuerzos opíparos para estas fechas. La comilona era tan terrible que el ayuno hubiera sido mejor a la espantosa sensación de llenura y aún así nos levantábamos de la siesta a tomar café con pan casero y rosquillas para concretar el terrible pecado capital de la gula.
Pero hoy, todo valió la pena. Nos despertó la vertiginosa procesión del Resucitado con una certeza que cambió la historia y la forma de concebir el mundo.
Uno de todos volvió después de haber muerto para recordarnos que la promesa de una vida más allá de la vida es genuina y real y que la muerte, es decir la desesperanza, ha salido derrotada para siempre.