Igual que doña María Eugenia Díaz, la mamá de Franklin Chang, connotado astronauta y científico, yo no dejo de deslumbrarme ante los aciertos y desconciertos tecnológicos de nuestro tiempo.
Ella con sus 84 años y yo con mis 51, tuvimos el privilegio de darle al mundo un par de ciudadanos en la misma fecha, solo que en diferente año: Franklin nació, como mi hija un 5 de abril y eso nos hace aliadas en la crianza de dos seres extraordinarios.
Su hijo ha ido en busca de las estrellas. La mía me ha hecho verlas de cerca con sus ocurrencias que no cambiaría ni por un segundo, ni por otra hija, ni por otra vida.
Doña María Eugenia dijo el otro día que ella no dejaba de sorprenderse con los logros extraplanetarios de su bebé y que le pedía a Dios más vida para seguir viendo qué seguía en las páginas de éxitos de Franklin.
Aunque mi hija no es astronauta, yo tampoco dejo de pedirle a Dios más añitos para verla realizada en lo suyo y tampoco dejo de asombrarme ante los adelantos que me permiten comunicarme con ella por medio de una tableta cuando está muy lejos y teletransportarnos en la voz y en los sentimientos sin alambre, sin sellos postales, sin papel y ni  tinta.
Somos privilegiadas doña María Eugenia y yo, por compartir una época en que vivimos un mundo de guerras y tiempos de paz, donde en solo cincuenta años ha pasado todo.
Y también somos privilegiadas por tener ella en Franklin y en sus otros hijos y yo en  mi hija, la dicha indescriptible de tener críos tan inquietos y  despiertos.
Como decía mi mamá: “los mansos heredarán la Tierra; los otros iremos a las estrellas”.

Dos Apaches veían hacia el horizonte y de pronto vieron aproximarse a lo lejos una locomotora a vapor. Uno miró al otro y le dijo: -“Esos ‘carapálidas’ han inventado la máquina de escribir”.
Lo que es para usted, no es para mí. Un automóvil puede ser solo un medio de transporte en Nueva York, un ‘delicatessen’ en París, para nosotros algo que nos da estatus y valía y una cosa inútil para un esquimal que adora viajar con su trineo halado por perros.
Un banano es una fruta exótica en Canadá, un ‘matahambres’ en La Reforma y un gran ingrediente en la dieta de un bebé de nueve meses.
¿Cocodrilos? Las estrellas de una serie en National Geographic, los bichos esos que están debajo del puente de Tárcoles, o una buena cena para una lejana comunidad en el trópico africano.
Pero en medio del debate de lo que puede ser para unos y otros, hay una voz interna que llevamos los seres humanos en el chip, en el ADN, en la tarjeta madre, en la conciencia, en el alma, en la psique, en el ancestro salvaje, en prototipo, (llámelo como guste), que sabe qué está bien y qué está mal; qué es incorrecto y qué no; cuándo alguien metió la pata y en qué momento se dio un acierto.
Por eso no hay que refugiarse en pretextos para justificar acciones u omisiones aquí o allá valiéndose de la necesidad, de la enfermedad, el sudor de pocos o de la ingenuidad de muchos.
Esa voz no tiene fronteras, no tiene idioma, no tiene edad. El horror y el asco dejan el mismo sabor en cualquier parte y la dulzura de las buenas acciones, son perennes como las nieves alpinas. Lo que es, es y no depende del cristal con que se mire.

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