Sacamos el carro Jueves y Viernes Santo y nadie nos tiró piedras.
Compramos unas sardinillas y unos palmitos y alistamos más comida de la cuenta, pero los comercios estaban abiertos y aquella santa angustia de quedarse sin nada pasó a mejor vida.
Vimos cuatrocientas películas de mantos (bíblicas) y aunque sabíamos el final, donde por desgracia siempre se muere “el muchacho”, igual nos emocionamos con la carrera de las cuádrigas donde Ben Hur, le gana al malvado Mesala en una competencia que añales después, aún nos desata emociones y pasión.
Fuimos a la procesión y sufrimos en carne propia ese curioso bochorno del Viernes Santo.
Escuchamos el silencio del barrio donde una vez al año nada se mueve y el tic tac de reloj ensordece.
Comimos arroz con leche con dulce de chiverre y nos acordamos de cuándo la abuela hacía almuerzos opíparos para estas fechas. La comilona era tan terrible que el ayuno hubiera sido mejor a la espantosa sensación de llenura y aún así nos levantábamos de la siesta a tomar café con pan casero y rosquillas para concretar el terrible pecado capital de la gula.
Pero hoy, todo valió la pena. Nos despertó la vertiginosa procesión del Resucitado con una certeza que cambió la historia y la forma de concebir el mundo.
Uno de todos volvió después de haber muerto para recordarnos que la promesa de una vida más allá de la vida es genuina y real y que la muerte, es decir la desesperanza, ha salido derrotada para siempre.
Ticos, Delta, Capri, Chesterfield, Rex, L&M, Quijote100… Esta columna no versa sobre la Ley Antitabaco y además yo no fumo.
Pero cuando éramos “carajillos” por increíble que suene y contra todo pronóstico de buena salud, juntábamos de la calle las etiquetas de estas y otras marcas de cigarrillos (entonces de papel), las doblábamos de una forma particular y jugábamos a que era dinero.
Cada marca tenía un valor y por supuesto, todos soñábamos con tener muchas de Quijote 100 una de las más valiosas y abundaban las de Ticos, Capri y Delta, las más populares.
Había el fanfarrón del barrio que sacaba de su bolsa así rollo de “cigarretes” que era así como se llamaban y también estaba el limpio, que nunca mostraba su colección de “piso de tierra”.
Ni idea teníamos de lo que implicaba hacerse rico de la noche a la mañana con “dinero” que juntábamos de la acera, ni de lo que significaba pagar un impuesto.
Solo se trataba de buscar como detectives las envolturas más valiosas y ostentar con los amigos.
Me pregunto con asombro ¿cuál es la diferencia de entonces a hoy? Igual hay sujetos que tienen el dinero en cajones sin explicación alguna, que ostentan, que así como aplanábamos las etiquetas para que quedaran aplanchaditas, se dedican a lavar sus billetes “juntados” de la calle y de los impuestos tampoco tienen idea. ¡Se me olvidaba la última! Un día de estos que limpiaba mi cartera, en vez de billetes reales, la encontré llena de “bauchers”, recibos, y facturas… ¿Cuál, me pregunto, es la diferencia entre jugar a tener dinero y rellenar la billetera con papeles de verdad?