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MAGNÍFICOS

La peor forma de ser mejor

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El debate que calienta el inicio del torneo se atiza con las brasas de la final de invierno. Aún calientes los ánimos, herida la dignidad florense y con esas sensaciones extrañas que deja perder y ganar en penales, el fuego cruzado viaja a un lado y otro del Virilla, levantando pasiones que animan el evento por venir. La gran pregunta que han puesto en el tapete los contendientes de la última final tiene que ver con dos aspectos: ¿Qué es jugar bien y qué es ser mejor? ¿Están el espectáculo y la victoria unidos en indisoluble matrimonio, o a veces el divorcio de ambos es lo que lleva al éxito? ¿Es superior o inferior el que basa su juego en mutilar las ideas y el proyecto de futbol ofensivo del adversario? Muchas preguntas con diversas respuestas. Los líricos se apuntan al juego bonito como sendero obligatorio para subir a la gloria. Los resultadistas prefieren las jornadas con overol, sin saco ni corbata, sin luces ni fanfarria, con tal de terminar con el título en el bolsillo. Y otros, tal vez los más realistas, saben que el arte tiene muchas manifestaciones y que tanto espectáculo puede generar un equipo goleador como aquel que descifra todos los enigmas del contrincante y lo reduce a la mínima expresión, basado en sus fortalezas defensivas.

Eso último es lo que ha ocurrido en la final reciente. Los florenses alumbraron el escenario durante todo el torneo, con una propuesta brillantemente ofensiva. La Liga, que tuvo sus eclipses a lo largo de la temporada, con algunos arcoíris en el camino, apostó en el duelo por el título a impedir que la superioridad del rival le pudiera hacer daño. Anular de esa forma al adversario era una especie de suicidio colectivo para el espectáculo. La Liga lo sabía y no le importó, pues bajo su manga tenía el comodín emocional de los fantasmas que rondan la cabeza de los heredianos. Óscar Ramírez imaginó otras opciones para enfrentar a Marvin Solano, menos egoístas con el espectáculo, y a lo mejor tan eficientes como aquella elegida. Pero sabía bien que el nivel de riesgo de encarar al Team de tú a tú elevaba la opción de una caída.La propuesta artística de la Liga es difícil, casi imposible de apreciar. Es una pintura abstracta, que podría embelesar solo a los analistas de contiendas tácticas. Pero tiene su mérito. Porque en un escenario dispuesto para el lucimiento del equipo rojo y amarillo, apenas hubo destellos, tenues y aislados, de aquella oncena que vivía por y para el espectáculo. Al final los dos jugaron a no jugar, no solo por el respeto mutuo que se profesaron, sino porque la Liga invitó a su rival al terreno rojinegro, evitando que Herediano impusiera las condiciones, amarrándolo y amarrándose con él. Hombre por hombre, el Team era mejor para generar un espectáculo futbolístico, pero Alajuelense terminó siendo mejor porque bailó e hizo bailar al ritmo de su música. En el gusto del aficionado y en la generación de espectáculo no hubo quien se impusiera. Empataron en todo y eso ha provocado la controversia. Sí jugó feo la Liga, pero arrastró a Heredia a su pantano.

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