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¡Alarma: Sagot desafinó!

Resulta extraña y diría que poco acertada, la forma en que se refirió a Oscar Ramírez y a Jorge Luis Pinto.

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Jacques Sagot es un artista del que todo costarricense debe sentir orgullo. Pianista excepcional. Y además, tiene una pluma excelsa, acorde con su sentido poético de la vida, ese que patentiza cada vez que se sienta frente al piano, ante la computadora, o que toma el teléfono para hilvanar desde su amada Francia los jugosos comentarios en “Oro y Grana”.

Por esas dotes, resulta extraña y diría que poco acertada, la forma en que se refirió a Oscar Ramírez y a Jorge Luis Pinto en la columna del lunes anterior. Para mi gusto, descendió del pedestal de crítico agudo y mordaz, al de un aficionado herido por las pasiones bajas que desata el futbol.

Jacques tiene todo el derecho de opinar lo que quiera. Pero sus gustos futbolísticos están delimitados por el de los otros, tan válidos como cualquier manifestación artística. Evidentemente no le agrada la propuesta de Jorge Luis Pinto, pero por más disgustado que esté con ella, me parece irrespetuoso decir que su escuela “reposa sobre la paranoia y el miedo”.

No sé lo que Oscar Ramírez comentó en relación a que el técnico Ronald González copia su sistema de juego. Si lo dijo, es posible que la crítica de Sagot sea válida. El sistema de Ramírez no es un invento suyo y, como tal, cualquier técnico puede plantar su equipo en forma similar. Pero no tiene razón al juzgar con tanto menosprecio una idea futbolística que, a los ojos de don Jacques, es un adefesio.

“Picapedrezco, rupestre, champulón, desaliñado”, entre otros, son los calificativos que el magno pianista otorga al futbol de Ramírez, que a su vez considera una copia del “estilo profiláctico de Pinto”. Le resta todo mérito a lo que él llama “reventar pelotas, congestionar el mediocampo de contenciones para destruir toda propuesta del rival”. La garra, la pierna, el cerrojo, la defensa a ultranza y el contra ataque son piezas de ese ajedrez verde que nos plantea el futbol, y en el que los peones son protagonistas. Es una forma diferente de buscar el resultado y, tan efectiva, que los italianos alzaron cuatro Copas del Mundo con ese estilo, incluido un triunfo impensado en el 82 contra el artístico Brasil de Zico y Sócrates.

Entre Maradona y Gentile, en aquel memorable partido en que Italia dejó a los argentinos en el camino, casi todos nos apuntamos con Diego. Pero esa tarde española ganó el que picaba piedra, el de las mañas, el guerrero, el “más sucio”, arropado por un equipo dedicado a impedir el juego albiceleste, como luego lo haría frente a los brasileños. Tras muchos años, entendí que tiene gran mérito el ser inferior en calidad y, con piedras y palos, reducir a la impotencia al poderoso, al virtuoso y al favorito. Bajo la tesis de Sagot, la victoria itálica no probó su excelencia, sino la mediocridad de los suramericanos.

Defender bien es un arte que casi se vuelve una sinfonía cuando el orden defensivo se acompaña de un buen contragolpe, o del pivoteo de un grandulón que se bate a duelo contra los celadores rivales, fabricando opciones para alguno de su misma legión.

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