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Maníficos

La Liga sin misterios

Alajuelense es un equipo que juega al control del rival. Y las finales son juegos de poder.

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En la columna del 29 de noviembre, previo a la semifinal contra Saprissa, le puse mi ficha a la Liga. Mi pronóstico no tenía nada que ver con afición a unos colores. Acerté por una razón sencilla: Le aposté a la lógica.

Alajuelense es un equipo que juega al control del rival. Y las finales son juegos de poder, de contención del adversario. Ese trabajo lo sabe a la perfección Ramírez, quien parece disfrutar la apuesta al riesgo hasta el extremo. Vaticinar que la Liga sacaría de la semifinal a Saprissa no era difícil, pese a que un clásico es siempre de resultado incierto. Los morados, con muchas bajas, venían de ceder la punta y más tarde el segundo lugar. Sin embargo, no le fue fácil. Pero controló el primer juego y fue superior a Saprissa hasta la expulsión de Guevara. Ese detalle quebrantó el orden manudo y de no ser porque su rival fue impreciso, el campeón tendría hoy otra camiseta.

Con el 0 a 1 en contra, llevó el segundo juego a su cancha con la consigna de anotar un gol y bendecirlo con la ventaja deportiva. Y así fue.

Y la final la enfrentó como suele hacerlo “El Macho”. Sin lucidez, con un espectáculo de tono gris, pero de entrega total y control de los detalles. Mi pronóstico se impuso, no porque la Liga fuese superior a Herediano, sino porque el hoy campeón llevó los dos encuentros al terreno suyo.

El equipo florense es más rico individualmente, más goleador y espectacular, con más generación de juego, más explosivo. Pero la batalla táctica la ganó Alajuelense, porque sabiendo que no podía ser mejor en un mano a mano, apostó a no dejar jugar. De allí que el empate a cero en Alajuela no generó malestar en Ramírez ni en sus hombres. Se iba al Rosabal a esperar la propuesta adversaria con el antídoto en la bolsa. Si Heredia se volcaba al ataque intentaría ganarle con el contragolpe, pero si se le plantaba conservador, jugaría al ajedrez táctico, a la espera de error o la tanda de penales.

Heredia no pudo zafarse de los grilletes. Cuando el árbitro pitó el final era evidente que los florenses dejaban de ser los favoritos. En la cara de sus hombres se reflejaba la impotencia por no haber definido con la pelota en movimiento. Desde el punto de penal ya no jugaba la suerte… Ese manchón era el objetivo de Ramírez, sabiendo que si llegaba hasta allí era porque había logrado controlar a un adversario superior y lo tendría abajo en el juego mental. El desenlace ya no era un misterio.

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