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¿Lapidar a Mayorga?

Sepultarlo a lo mejor tiene el efecto contrario de creer que la violencia en el futbol es cosa de episodios aislados, cuando en realidad es cosa de todos los días.

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Desde que vi la imagen de la agresión de Paul Mayorga a Ivonne Rodríguez me puse a pensar qué haría si tuviese que juzgar la acción del entrenador del equipo femenino de Moravia y de porteros de la Liga.

Una ráfaga de ira inicial me llevó a condenarlo al más duro de los castigos: desterrarlo del futbol, para siempre. Después, con el paso de las horas y escuchando sus palabras, he titubeado. No porque tenga duda de su culpabilidad ni porque justifique su accionar detestable. No. Lanzarlo a la hoguera es una reacción casi tan salvaje como la de él, al calor del momento, sin meditarlo, a ciegas.

Y en mi interior he abierto un debate: ¿merece una oportunidad condicionada o este hombre es un peligro para el futbol? Él ha dicho que es pro-mujer, que tiene cuatro hijas y un matrimonio de 26 años.

Si el futbol lo castiga con el destierro, de alguna forma también lo hace con otras mujeres que, de seguro, no se lo merecen: sus hijas y su esposa. Y entonces, ¿No sería bueno constatar antes si Paul Mayorga merece una oportunidad que le permita pagar su culpa pero al mismo tiempo reivindicarse ante su víctima, su familia y ese país futbolero que hoy lo acusa de “chuchinga” con el dedo inquisidor?

Sería gratificante y un buen ejemplo para los niños y niñas expuestos a esa imagen grotesca de un hombre metiéndole una patada a una mujer, que ambos pudieran abrazarse, pedirle perdón él, perdonarlo ella y después someterse Paul al escrutinio de un sicólogo que determine si es o no un agresor y, en caso de serlo, que su principal condena sea cumplir con una terapia de rehabilitación, pagada de su bolsillo, pero supervisada por la Unión Femenina de Futbol y la misma Liga Deportiva Alajuelense.

Después de eso, si dependiera de mí, lo castigaría al menos con un año de no dirigir en el futbol femenino. Pero lo dejaría de entrenador de porteros en la Liga. ¡Allí al menos no tendría una mujer a su alcance! Y mientras cumple su sanción y su terapia, tendría que ir a las escuelas y colegios y presentarse como el hombre que un domingo de ira, cegado por la pasión, pateó a una mujer, pero que ahora arrastra su testimonio de arrepentimiento con el propósito de que quienes lo escuchen aprendan la lección.

De paso, no dejamos a una familia que ha vivido del futbol condenada por el futbol. La salvaríamos de una condena innecesaria. Ya de por sí el padre y esposo tiene la suya de por vida: Nadie olvidará esa imagen triste y deprimente que lo acompañará por el resto de sus días. Pero tampoco se irá de la memoria, y tal vez sea la foto que perdure, el abrazo entre el hombre y la mujer que, pese a la locura del primero, supieron encontrar en la disculpa y el perdón el remedio a sus heridas.

Porque si bien el golpe lo dio el entrenador moraviano, la agresión viene de muchos, empezando por los dirigentes del futbol que han puesto a jugar a las mujeres en un escenario donde entrenan los hombres, sin ninguna medida de protección, sin espacio adecuado para el público, sin seguridad para nadie.

A ellos, los organizadores, también habría que juzgarlos porque dispusieron para la final del torneo femenino un campo que los varones no permitirían ni para disputar un cetro de futbolín.

Sepultar a Mayorga a lo mejor tiene el efecto contrario de creer que la violencia en el futbol es cosa de episodios aislados, cuando en realidad es cosa de todos los días –contra hombres y mujeres- y proviene de todos lados. ¡Basta con ir a un estadio!

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