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MAGNÍFICOS

Los ecos del último grito

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Cuando aún retumban los ecos de la final y en medio de tanto barullo, vale la pena algunas reflexiones en torno a esa mágica vivencia.

Lo principal, creo, es que ninguna final recuerda tanto festejo y llanto unidos, de la mano, enjugando sudores y lágrimas de una batalla vivida con intensidad y llevada al éxtasis. La sequía larga de Cartaginés removió ambiciones ya casi olvidadas, apadrinadas por un país que se enfundó la camisa azul solidariamente. Por su parte, la afición rojiamarilla le puso alas a la gesta de sus jugadores. El “Yo creo” fue un himno futbolístico que motivó la remontada.

No podían los hombres de Marvin Solano fallar ante tal demostración de fe, que se convirtió en un mandato sin excusas. La batalla de las masas fue ejemplarizante. Sin pleitos, una y otra afición encendieron los decibeles de una pasión gritada con devoción.. Nunca vi tanta fe convocada en dos partidos vividos con el corazón desbocado, a punto del infarto.

Lo preocupante es que el partido lo decidió el árbitro. No hay duda de que el título lo ganó el mejor, pero en el juego decisivo el silbatero metió la mano, o mejor dicho “metió la pata”. Antes del penal y expulsión contra Chan, discutible hasta la saciedad, perdonó a Ismael Gómez de una roja y luego “se comió” un penal que Leonel Moreira cometió sobre Rándall Brenes. Poveda terminó de echarle tierra a una gestión arbitral que fue lamentable en el último tramo del torneo. La expulsión de Chan y el penal marcaron el desenlace que todos sabían podía ocurrir: Un gol en el primer tiempo cambiaría la suerte azul, porque el juego se le haría un infierno en el complemento. Quizá sin los yerros del juez, Heredia igual era campeón. Fue más en lo futbolístico y en lo emocional. Buscó la victoria por todos los caminos, con una convicción que “El Mambo” materializó con su raza depredadora. Pero nadie sabe ni sabrá, cómo habría terminado la historia con once azules. El festejo florense quedará empañado por esas decisiones arbitrales que, como en el pasado, acrecentaron la leyenda de que el equipo azul vive los efectos de un embrujo maldito, que le aleja del título.

Sin embargo, hay que rescatar la actitud cartaga ante la derrota. Su afición lloró, pero rápido se ofreció en uno solo para el abrazo solidario y orgulloso hacia sus futbolistas y técnico. Reitero lo dicho en la columna anterior. Cartago tenía en el banco, y lo conserva, al hombre capaz de hacerle campeón. Aunque ahora le cuestionen sus cambios tras la expulsión, el equipo se encaminaba por la senda correcta hasta ese momento y, aún con la adversidad, logró llevar el juego a los penales. Allí la suerte jugó en su contra.

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