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MAGNÍFICOS

De técnicos e ilusionistas

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Hay una tesis que Erick Lonnis lanzó ante sus compañeros de “Futbol Por Dentro”, y la cual tuvo que defender con uñas y dientes para convencerlos, o al menos para que se alejaran de su estado original de negación. Dijo el exguardameta que en el futbol tico es más importante el estado emotivo que el planteamiento táctico.

Yo estoy absolutamente de acuerdo. No porque desdeñe el trabajo de un entrenador o el papel que debería tener la estrategia en el desarrollo de un juego. Sencillamente, el futbolista local es una caja de resonancia de sus propias emociones, viaja de lo sublime a lo ridículo, del partido de su vida a la noche de su peor abismo, de ser el genio de la lámpara futbolera a convertirse en el monstruo de sus propios sueños.

Todo eso se ve reflejado en la irregularidad de un torneo de resultados sorpresivos, imprevistos. Y los que sufren más son los entrenadores, porque su afán por construir un equipo disciplinado y esquemático choca contra esa Caja de Pandora que son sus futbolistas.

Mientras un técnico se quiebra la cabeza repitiendo variantes, dibujando esquemas, enseñando los vídeos, otro puede pasarse la semana jugando al “monito”, repartiendo sandía, evocando héroes mitológicos, proyectando películas de “Rambo”, y mandando a sus pupilos a “hacer lo que cada uno sabe”.

Y es frecuente, muy normal, que quien apela al recurso emotivo saque mejor provecho que el otro, el estudioso, el planificador, el estratega, aunque sea por plazos cortos. Un despiste en la marca, un momento de ofuscación, una falta innecesaria, cualquier detalle por desconcentración puede echar por tierra las horas de pizarrón y de jugadas repetidas en el verde escenario de todos los días.

En cambio, para el “motivador” puede ser más fácil darle combustible a su maquinaria de piernas futboleras. Subirles el ego, repetir un discurso triunfalista, espantar temores internos e invocar las fieras que acompañan al hombre en su traje de jugador.

Sobran las historias de equipos que ganaron un título con jugadores que dominaron el camerino y al técnico, cambiando el rumbo de los juegos con sus propios libretos, repasando la estrategia con la lora del D.T., haciendo de la euforia su mejor esquema.

Por eso le cuesta tanto al futbolista tico más allá de sus fronteras, donde solo triunfan muy pocos. La mayoría regresan a los meses, con “el rabo entre las piernas”, dejando una estela de “mejengueros” en un futbol profesional, donde la disciplina táctica es el pasaporte para la consagración.

Por eso los técnicos estrictos, puntuales y tácticos, suelen ir de boca en boca de sus jugadores, bajo el fuego verbal de esos niños grandes “incomprendidos” que añoran los tiempos aquellos cuando el “papá entrenador” no los regañaba.

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