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MAGNÍFICOS

Zancadillas con las palabras

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El futbolista grande casi nunca es el más dócil o el más “lambiscón” con el técnico. Si dice sí a todo, si no cuestiona nada, si se acomoda a toda disposición y orden del banquillo, posiblemente nunca encontrará una solución para cambiar el rumbo de un partido, de su equipo y de su propia vida futbolera. Pero esa “rebeldía” debe manejarse bajo ciertos códigos. El primero: Nunca olvidar que la autoridad es su técnico y que ese papel no lo puede socavar desde su posición de jugador. Cualquier discrepancia o desacuerdo debe solventarse en el ámbito privado, en el corazón del camerino y de forma respetuosa. Mal hacen los futbolistas cuando buscan un micrófono para descreditar al “profe” o para justificar su no convocatoria, su estadía en la banca o su cita con el graderío para ver el juego. Es claro que en el caso de Bryan Oviedo, muchos estamos de acuerdo en que debería integrar la Selección, pero parte del crecimiento de este buen jugador consiste en asimilar los designios de un técnico que, con o sin razón, considera que no es el más indicado en este momento.

Un jugador inteligente no se echa un pulso público con Jorge Luis Pinto, a menos que no quiera ser convocado más. El colombiano es un “verraco”- como dirían sus paisanos- y no es de los que dan el brazo a torcer ante el primer berrinche. Ya mandó a Campbell a la banca por un desaire después de un cambio y a otros los desterró por razones de disciplina o de carácter. Además, se ve mal, y poco profesional, que un futbolista ataque públicamente a su entrenador, salvo que su denuncia tenga un trasfondo diferente, como lo sería un trato discriminatorio por racismo, una conducta agresiva, o un cobro para ponerlo a jugar o recomendar su permanencia. ¿Y si el técnico es inepto o un charlatán para los ojos de sus dirigidos? Este es un caso aparte, pero ese técnico merece respeto. Un futbolista valiente y con criterio se aparta del grupo, como una vez lo hizo Alejandro González de la Sele. De frente, dijo no estar de acuerdo con la forma de trabajo del seleccionador de la época y renunció.

Esa actitud es aplaudible y merece elogios, no la del que lleva y trae cuentos a la prensa o a los dirigentes con el afán de zafarle las patas al banco del ”Mister”. Se oye muy feo a un jugador diciendo que el título ganado no fue por la mano del técnico, sino de ellos, los futbolistas. Tan feo como el gesto infantil de un técnico haciéndole cachitos a un exdirigido. Tampoco deben los jugadores emprenderla contra dirigentes de antiguos equipos porque no les renovaron en algún momento. Eso es tonto. Significa cerrarse una puerta y revela poca inteligencia emocional de quien, con resentimiento, ataca a quienes un día le dio de comer. Esos códigos no están escritos, pero son mandatos de la sabiduría callejera. Un futbolista que no sabe eludir la tentación de un verbo incendiario, muy posiblemente tenga problemas para gambetear los verdaderos problemas suyos, los de la cancha.

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