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MAGNÍFICOS

Pinto, sus méritos y retos

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Los logros de Jorge Luis Pinto al frente de la Selección van más allá del nivel de juego o los resultados del equipo. Tienen que ver con la comunión de ideas en la cancha, pero también con la empatía generada con el aficionado.

Cuando inició su segunda aventura con la tricolor muy pocos creían en él. Esa actitud de lejanía se convirtió en abismo durante la cuadrangular, después de un empate en casa frente a El Salvador y las derrotas contra México.

Las encuestas y gran parte de la prensa sembraron nubarrones en el futuro de la Selección. Brasil 2014 se convirtió en casi una utopía, apenas alimentada por la fe de los aficionados más fervientes e irracionales. A la carencia de una buena camada de jugadores se le sumó lo que casi todos llamaban actitud defensiva del técnico.

Hoy todos, o casi todos, se subieron a la carreta de los creyentes. El viaje a Río el próximo año cada vez está más lejos de ser la visita de un turista para convertirse en el de un aficionado que va a ver a su selección mundialista. Ya no es un sueño ni una quimera. Medio boleto está en la bolsa y la otra mitad en el presupuesto de casi todos.

Pinto convirtió aquel equipo sin estrellas (apenas una o dos luminarias), en una idea de juego que, sin ser espectacular, es convincente y supera la suma de cada uno de los futbolistas. La disciplina táctica, el peor enemigo de la historia patria futbolera, es hoy su principal virtud. Los detractores de Pinto bajaron el tono con el triunfo ante Honduras, dejaron escapar una sonrisa semi forzada luego de la agradable presentación en el Azteca y se zambulleron en la carroza del festejo con la victoria ante Panamá. La herida de fe quedó casi sanada con esa cicatriz de siete puntos.

Hasta el Estadio Nacional, acusado de abrigar el frío en sus entrañas, ardió con la pasión desbocada que la Selección desató entre la afición.

Pinto hizo de su catecismo futbolero un credo de fe para aficionados y periodistas. Primero convenció a los jugadores con su afán por la disciplina táctica y, con ello, desvió el futuro de la Selección hacia rumbos insospechados. Y en esa corriente triunfalista terminó envolviendo a todos, o a casi todos, desarmando a sus detractores a fuerza de las victorias en la Joya.

Ahora tiene su reto más grande. No solo conservar el ritmo de juego de su equipo, sino también – y eso es lo más difícil- apagar toda chispa de triunfalismo que haya brotado entre sus muchachos. Porque una cosa es que la gente compre sus boletos para ir a Brasil y otra que los seleccionados cuenten los dólares que les van a tocar por clasificar al Mundial. Que la euforia en la grada sirva solo para alumbrar el camino de los jugadores y no para encandilarlos.

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