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MAGNÍFICOS

Diario de un comprador burlado

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Mi hijo, Alejandro, es el más fiebre de los fanáticos a la Selección. Así que el lunes, después de probar sin éxito en Internet, pasada la medianoche y a primera hora en la mañana, no quedó más que lanzarse a la aventura tras los boletos del juego infernal que nos ha de quitar el resfrío por aquel gélido recuerdo de Colorado.A las 10 y 30 llegamos al Walmart de Guadalupe, con la esperanza ingenua a cuestas. La fila daba la vuelta y salía del supermercado y faltaron apenas segundos para empezar a sentir el peso de una derrota no presupuestada. Habíamos ido a todos los partidos de la sele, pero a la hora buena, nos estaba dejando el tren de La Sabana.

Escena dantesca para un aficionado soñador. Nadie avanzaba porque en la ventanilla no había sistema, los celulares, tabletas y computadoras no abrían la página de Special Ticket, o después de abrirla no había forma de comprar… Y, para colmo, la lluvia empezó a graznar su inhóspita hiel sobre los que estábamos fuera del local.El reacomodo forzado por el agua provocó las primeras discordias. De pronto algunos aparecieron en otros puestos de la fila y, como traídas por Zeus, dios del rayo y el trueno, también hicieron presencia las mujeres embarazadas o con hijos pequeños, buscando un puesto de privilegio, maliciosamente asociadas por muchos con los revendedores.De los celulares solo salían malas noticias. En Linafa se suspendió la venta por falta de sistema, en Escazú la policía intervino por los desmanes de la gente, en Curridabat tampoco funcionaba el asunto. Pero…!Extraño!. Los boletos se esfumaban.

Para mitigar la desesperanza, cada quien hizo del vecino su paño de lágrimas. Uno contó que un amigo de un Banco lo llamó para decirle que tenía 100 entradas para vender, pero que seguro ya no las tendría. Otro relató que su hermano estaba en Curridabat y que allí el primero en la fila, un revendedor, había adquirido como 60 boletos enseñando cédulas de diferentes personas. Uno se quejaba de haber comprado en Internet pero sin recibir el código de confirmación.

Y así, se tejieron y entrelazaron historias similares. Muy pocos lograron una entrada. Yo escogí uno de los peores lugares porque allí, a las 2 de la tarde, nadie había comprado y, avasallado por las circunstancias, regresé a la casa con remordimiento por las horas sin trabajar y con la pena de haberle fallado a mi hijo.

Encendí la computadora, ingresé a la página mil veces maldecida y, oh sorpresa, todavía quedaban entradas. Pocas y de sol. Seleccioné los cupos y, cuando quise pagarlos, el sistema me mandó al diablo. Retorné lo más pronto posible, ya con menos asientos en verde y al escoger los nuevos cupos, la pantalla me mató con un diabólico mensaje: Ya había adquirido 5 asientos y no podía pedir más.Como a la computadora no se le puede hablar y explicar, llamé a uno de los teléfonos que la empresa vendedora dispuso en su página, pero después de una larga espera, una voz asustadiza me explica que no, que es en la otra línea – la que nadie atiende- en la que se puede comprar o reclamar.

Minutos después se da por agotada la taquilla, los federativos agradecen a la afición, los de la empresa tiquetera ensayan explicaciones ridículas y los revendedores se frotan las manos. Al final, son los únicos a quienes el sistema no les falla, los que compran aunque en la ventanilla no vendan, los que tienen boletos antes de empezar la venta, los dueños de la mitad de las entradas. Son ellos quienes tendrán su agosto en setiembre.

Pagan por un desconocido inofensivo dentro de la cancha

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