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MAGNÍFICOS

Un baño de humildad

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El futbol es ingrato y desmemoriado. La principal razón: Es el corazón y no la razón el motor de esa vorágine de emociones que envuelven cada juego. Hace poco, después de ganar 7 puntos en junio, Jorge Luis Pinto era una especie de mago balompédico, un maestro del artificio y la estrategia, el hombre del milagro que nos ponía un pie en el avión a Brasil. Álvaro Saborío era su buque insignia, un estandarte del esfuerzo y la lucha, un gladiador de tiempo completo que, con o sin gol, siempre impregnaba y contagiaba esfuerzo. Tras la eliminación en Copa Oro, ambos han sido declarados en redes sociales como los padres de la desgracia en que han sumido a este sufrido pueblo “mejenguero”. Al “Poncho” Saborío lo persigue de nuevo el fantasma del cocodrilo mascota muerto en Siquirres. ¡Qué tiesura, Dios mío! Además de lagarto, enyesado. A Pinto le endosaron de nuevo sus viejas etiquetas de ultradefensivo, medroso, cabezón, resultadista y un largo etcétera de defectos que lo descalifican hasta para dirigir a los mosquitos del barrio. Sobran entonces las “Salomés” modernas engendradas en el mundo virtual y anónimo de las redes sociales que piden la cabeza del colombiano en bandeja de plata.

Olvidan los furibundos comensales de la red que el futbol es un juego y no la vida. Y, sobre todo, que el nuestro es un balompié sin glorias, con efímeras alegrías y largas sequías. Nunca hemos ganado una Copa Oro y a los mundiales solo fuimos tres veces y en una única ocasión pasamos a la segunda ronda. De pronto se nos olvida eso y, envalentonados por un par de resultados, nos sentimos capaces de borrar la historia y conquistar el Mundo de la pelota, justo en la tierra imperial del norte, donde siempre nos hacen doblar las rodillas. La frustración nos lleva al enojo y a la búsqueda de los míseros culpables. Eso nos impide ver las realidades de un futbol apenas artesanal, que brega en una zona rústica, y que carece de todo pedigrí. En ese ataque de ira porque Honduras nos volvió a ganar se nos distorsiona el norte de este proceso que, a pesar de las carencias de una generación escuálida, nos tiene cerca del Mundial.

Si enterramos entre todos a Saborío, si crucificamos a Pinto como modernos Pilatos, si apedreamos a Juan Diego Madrigal por su tibio marcaje de su hombre catracho, estaremos cavando entre todos la tumba de una nueva ilusión, la única que nos queda y la que realmente vale la pena. Pero, sobre todo, es necesario un acto de humildad de cada uno de quienes nos sentimos representados por esa camiseta tricolor. No somos un monstruo futbolero, no tenemos historia con cartel, “las glorias” del pasado son apenas efímeros episodios de unos “Chaparritos” que nunca fueron a un Mundial, de una Olímpica que venció a Italia ya clasificada, de dos equipos mundialistas que se quedaron en la primera ronda. Solo nos queda aquella Selección de Italia 90, que sufrió en todos los partidos pero que jugando al estilo de la actual, al contragolpe, nos volvió locos por un pase a la segunda ronda, con lo que nos sentimos los amos del reino de la pelota.

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