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MAGNÍFICOS

Razón de peso para no pesar

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No hay forma de que un futbolista malo deje de serlo si se le trasladó de equipo, pero sí es muy factible que un buen jugador rinda menos en otro club o en la Selección. Las razones son varias y de alguna forma explican lo que ocurre con Álvaro Saborío y Bryan Ruiz. La más común es porque las camisetas pesan diferente. La de la Selección tiene un aroma distinto, huele a héroe nacional, invita a la epopeya, al grito épico. Y, por lo tanto, implica una presión mayor, un rendir de cuentas multitudinario, un monstruo más temible ante el cual rendir las cuentas. Aunque su labor técnica la sepa hacer bien, el corazón lo puede traicionar y una carga emotiva es capaz de desarmarlo en el estrado. Así, el futbolista que se pone la tricolor se viste de soldado, es un policía que recauda las ilusiones de todo el pueblo, es un súper héroe sin capa, pero con la misión de salvar el honor de una nación que batalla contra las demás, las enemigas, las que pretenden mancillar esa camisa roja. Pero la razón más lógica es que solo en las películas o en la Mitología es posible encontrar a un hombre que acabe con el batallón enemigo. El futbol es un juego colectivo que potencia las habilidades y fortalezas del todo.

Si a Messi logramos ponerlo en un equipo local para enfrentarlo contra su poderoso Barcelona, aunque no dejará de ser un gran futbolista, de seguro se nos pone a llorar en media cancha y pide el cambio a los 10 minutos. Saborío se mueve poco en las entrañas de los equipos que enfrentan al Salt Lake, rodeado de futbolistas dinámicos, que generan futbol veloz por las bandas, que recuperan rápido el balón para que el centro delantero tico pueda tener repetidas opciones de gol. Eso, no solo le da un plus físico, sino que lo descansa mentalmente, porque se siente arropado y protegido por sus compañeros. Con Ruiz pasa algo similar. Aunque se ve lento en el futbol inglés, su talento le basta para defender su titularidad, en medio de un equipo de guerreros, obligados a ir siempre por la pelota perdida, a recuperar posición en el terreno despoblado, a “dobletear”.

Pedirles que luzcan igual en la Selección es ingrato y miope. Implica ignorar la realidad de un futbol local que deambula sin identidad, que se niega a renunciar al “chiqui chiqui”, pero cada vez tiene menos intérpretes de ese son. Es un balompié que intenta acercarse a la dinámica moderna, pero que se enreda en sus mecates por falta de escuela, por carencia de un estilo, por ausencia de pizarra en los viejos tiempos del kínder futbolero. Y les ha tocado jugar en una época de vacas flacas, donde la ausencia del potrero despobló las canchas de buenos futbolistas. Sobre sus hombros se quiere cargar el peso que antes cargaban entre muchos, cuando ser figura era condición para ponerse la tricolor. Hoy los chicos aprender a jugar en el Play Station y solo sueñan con que alguien los contrate en el otro continente, aunque su aventura sea más corta que la de un turista pobre en las calles de París.

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