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Opinión

¡A espantar el muñeco!

Nadie vio el entierro del “muñeco” ni le consta, ninguno sabe exactamente quien profirió el conjuro o por qué.

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Por esas calles pueblerinas del Cartago de hace 70, 60 o 50 años, como por cualquier andurrial de una Costa Rica a media luz, se paseaban el “Cadejos”, la “Carreta sin Bueyes”, “La Segua”, el “Padre sin cabeza” y cualquier otro espanto que hoy día, y desde hace mucho rato, nadie volvió a ver, aunque sus leyendas siguen en boca de todos.

Así es la historia de la “Maldición” del Cartaginés. Nadie vio el entierro del “muñeco” ni le consta, ninguno sabe exactamente quien profirió el conjuro o por qué, pero a falta de capacidad racional para aceptar tanta espera, fue mejor buscar un culpable en ese Mundo de las fuerzas oscuras.

Un pueblo “maldito”, un equipo condenado por su destino, un jugador “embrujado”, no está obligado a nada ni se le puede reprochar por nada. ¿Acaso está en sus manos torcer los designios de una suerte decidida desde lo imposible? La mala suerte futbolera no se ahuyenta con ajos en los marcos ni escapularios en la base del poste. Tampoco se encarna en un duende escondido en la oreja de un árbitro, azuzándolo para que anule los goles azules, o en un aficionado “salado” que, cual gato negro, deja una estela desgraciada a su arribo al “Fello” Meza para presenciar la caída inevitable de su Cartaguito.

Tampoco es culpa de su mascota, “un manigordo”, al que algunos ahora quieren cambiar por una “papa mecánica”, bajo el argumento de que representa mejor la esencia del cartago.

Para acabar con ese embrujo no hace falta un exorcismo, ni un desenterrador de muñecos, ni pócimas ni “caza-fantasmas”. Tampoco misas, viacrucis o sesiones espiritistas. Faltan hombres lúcidos, seguros, disciplinados, con liderazgo, desprovistos de cadenas que los aten al pesimismo histórico, que irradien vibraciones ganadoras, que ahuyenten fantasmas y duendes con el soplo del trabajo.

Se requiere de jugadores con hambre de gloria y sed de victoria. Futbolistas que no se aten a los designios de la mala suerte azul, que no tengan miedo a los gatos, que no vean muñecos en cualquier rincón del “Fello” Meza, que no crean en duendes ni fantasmas, sino solamente en la fuerza del trabajo. Pero sobre todo, de un líder que encarne todos esos valores positivos. Un creyente de lo posible y no de lo imposible, un convencido del trabajo y no del albur, un apasionado de la disciplina y no de las ocurrencias.

De alguien capaz de seducir a sus hombres con el poder de la palabra, con su lucidez volcada en la pizarra y la fuerza solidaria de la mano en el hombro, del verbo exacto para alejar el desánimo, y del abrazo fraterno cuando hay que celebrar o llorar.

Cartago está listo para desenterrar para siempre a su muñeco maldito, porque en la banca tiene al hombre indicado. Javier Delgado Prado tiene los secretos para acabar con esa larga noche cartaga de 73 años.

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