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Magníficos

¿Es Dios argentino?

A la gran calidad de los argentinos, ahora le suman ese morbo religioso de estar cobijados por manos benditas.

FOTO: EFE

Los argentinos han convertido el futbol en un asunto celestial. A la gran calidad individual de los jugadores, al enorme ego con que ha nacido la mayoría, ahora le suman ese morbo religioso de estar cobijados por manos benditas.

En México 86 Maradona se convirtió en mito y leyenda después de sus dos goles a Inglaterra: uno concebido en el cielo mismo, todo un espectáculo, y otro tramposamente ejecutado, pero atribuido por su autor a “La mano de Dios”. El título Mundial obtenido elevó al ”10” argentino a la diestra del ser supremo del Futbol, y para una gran cantidad de seguidores, nació el único Dios que ha pateado la pelota y en honor a quien edificaron la Iglesia Maradoniana.

Cuando los santos futboleros parecían darle la espalda al “ Pelusa” y los argentinos empezaban a sentirse otra vez terrenales en el campo de juego, emergió el “Pibe” de la Mesía barcelonista y de nuevo saltó la chispa celestial en el firmamento albiceleste: “Un Nuevo Mesías” había llegado al futbol a ocupar el trono olímpico del desacreditado genio de la mano bendita.

La formidable carrera de “La Pulga” en el Barcelona confirmó entre los rioplatenses que los designios del Señor del Futbol querían heredar el reino de los cielos a otro argentino. Y el Mesías se hizo hombre y Dios futbolero a punta de títulos y botas de oro que impulsaron su vuelo a lo más alto del firmamento estelar.

Por si fuera poco, el Vaticano nos receta un Papa argentino, seguidor del futbol, aficionado al San Lorenzo de Almagro y sin empacho para “robar” horas a los rezos y meditaciones con tal de vivir como cualquier mortal una jornada futbolera frente al televisor.

Con el Dios, El Mesías y el Papa hinchando por los argentinos, la “ Santísima Trinidad “ del futbol parece demasiado poderosa para el resto de mortales.

El último episodio lo protagonizó el San Lorenzo de Almagro, fundado por un padre salesiano, Lorenzo Bartolomé, que en sus 106 años de existencia nunca había ganado la Copa Libertadores de América, pero que en este 2014 la consiguió, bajo la mirada lejana pero bendita de uno de sus socios, el mismísimo Papa Francisco Bergoglio. ¡Así quién no!

De aquel grupo de chiquillos que en 1907 se juntaban en el oratorio del padre Lorenzo para disfrutar del juego de la pelota, nació el hoy es el flamante campeón de América, cuya Copa viajó al Vaticano, no en alas, sino en avión, para ser entregada al Sumo Pontífice.

Y no sería raro que sus dirigentes pidan al Papa iniciar un proceso de beatificación para su máxima estrella histórica, un jugador que – para variar- ya nació con pedigrí de santo, Jose Francisco Sanfilippo, cuatro veces seguidas goleador argentino al final de los años 50 e inicios de los 60.

O quizás le pidan reconocer como ramal oficial del catolicismo a la iglesia maradoniana o elevar por decreto canónico a Lionel Messí al status celestial de verdadero Mesías, echando así por tierra los afanes de falsos profetas venidos de Portugal.

Por supuesto que todo esto es en broma, aunque algunos argentinos se lo tomen en serio. La final del Mundial en Brasil es la evidente prueba de que Dios no tiene color de camiseta. Y que, ante los rezos de unos y otros, aunque provengan del Papa mismo, carece de tiempo para jugar de árbitro santo y premiar con goles a los más beatos y rezadores.

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