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Lágrimas de un gladiador

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El llanto de Douglas Sequeira, tras la derrota contra Herediano, ha sido tema de burla en las redes sociales y en los corrillos de un país futbolero. “Los hombres no lloran” o “No hay que llorar como niños lo que no pudieron defender como hombres”, parecen ser los postulados de los detractores del capitán morado. A mí me pareció un gesto de hombría el de “La Calavera” y aplaudo esas lágrimas que lo retratan no como un “maricón” ni un “pendejo”, sino como un saprissista de verdad, con la camiseta pegada al corazón. Si a alguien no se le puede reprochar por lo que puso en la cancha es a él, defensa aplicado, marcador oportuno, cabeceador insigne, motor de las ilusiones moradas. Esas lágrimas son sentimiento puro del más emblemático de los jugadores actuales del Saprissa. No son las de un cobarde, sino las de un valiente que descubre su dolor con entereza, que llora la rabia de una ilusión no alcanzada, que da rienda suelta a su decepción por no cumplir con el sueño de una fanaticada que igual lloró en silencio la caída de esa tarde nefasta.

Si cada uno de sus compañeros tuviese la entrega y actitud de Douglas, él no tendría que llorar por su Saprissa, donde hay muchos a los que el pundonor no les da ni para una lágrima de vergüenza. Así que no acribillen cobardemente al más valiente de los morados. No juzguen sus lágrimas en forma diferente a las del “Mariachi” en su despedida, a las que dejó “El Pato” en su adiós del Morera, o a las de tantos ídolos que han sellado su pacto de amor con una camiseta entre sollozos, esos que no se pueden fingir porque se manifiestan por los ojos pero vienen del corazón. Despechados por la derrota, algunos seguidores morados descargan su frustración contra ese grandulón que se fue lloriqueando a paso lento a los vestidores. Otros muchos, antagónicos, han hecho de esas lágrimas el motivo principal de la crueldad con que suele festejarse las horas más amargas del archirrival.

Así es el juego. Lo que nadie debe olvidar es que la sonrisa y el llanto son inherentes a toda actividad realizada con pasión. Juegos Olímpicos, Mundiales, partidos finales, están llenos de esas imágenes de doble cara, como la de Esteban Ramírez, de sonrisa desbocada, y la de Douglas, de niño desconsolado. Tan respetables, tan admirables y tan humanas la una como la otra. Y si no, piensen en un frío alemán llorando una derrota. Verán el rostro compungido de Schweinsteiger en el Allianz Arena tras la caída en penales del Bayer Munich ante el Arsenal, en la última final de Champions. Tal vez alguno vio al hombre de hierro, Mourinho, con llanto de niño abrazado a otro rudazo, Marco Materazzi, el día que tras ganar el título Europeo dejó al Inter de Milán. Ese llanto no los hizo cobardes, sino más humanos.


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