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El recuento de los daños

A la irregularidad del jugador nacional hay que sumarle las cantinflescas medidas que asumen los dirigentes.

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Al aproximarse el cierre de un mini campeonato más del pobre futbol tico, es sorprendente como la suerte de muchos equipos tiene que ver con las decisiones caprichosas, hepáticas o pueblerinas de algunos de sus dirigentes. A la irregularidad del jugador nacional hay que sumarle las cantinflescas medidas que asumen los dirigentes, casi siempre el presidente, cuyos aires de mandamás se mezclan con los del fanático recalcitrante en un coctel explosivo y peligroso. Basta con escuchar al presidente del Pérez Zeledón reclamando falta de respeto y de sumisión por parte de Daniel Casas, hoy extécnico guerrero, para divisar el camino de la procesión. ¡Exige respeto quien se atreve a acusar al técnico de vender un resultado! El uruguayo es un hombre digno y se fue. Tan digno que alcanzó a darle la mano a su interlocutor, pese a semejante ofensa. Durante toda su gestión, el equipo sureño fue protagonista de respeto, un rival serio y ordenado. Al calor de una derrota abultada y a falta de dos fechas para terminar la fase de clasificación, Pérez hipotecó su futuro y convidó a su mesa a la señora incertidumbre. El domingo puede quedar afuera y si eso ocurre, el dedo acusador apuntará a su presidente.

Carmelita, por su parte, era un equipo con aspiraciones y buenos resultados de la mano de Orlando De León. El “viejo zorro” hizo un grupo de juego vistoso, siempre con la pelota al pie, con una propuesta fresca y aguerrida. La noticia de su salida sorprendió a todos, menos a su presidente. El empresario se subió al bus técnico, se puso la “chaqueta” de entrenador, y empezó a presionar por la alineación de varios muchachos. El irrespeto laceró el corazón del viejo León, nunca derrotado en sus credos de hombre honesto. Desde que se fue, Carmelita perdió alma y futbol.

San Carlos es hoy viajero en el tren de la Segunda División y en él lo montaron, sobre todo, sus dirigentes. Las dos finales recientes que jugó eclipsaron las ideas de quienes debían perpetuar las horas de gloria. No hubo generación de recambio y, sobre todo, olvidaron que dos disputas por el título no convierten en grande a ningún club. Empalagados por los éxitos, faltó mesura a la hora de los malos resultados. Hubo mucho tiempo para enderezar la barca, porque San Carlos fue de los coleros desde los albores del torneo. Al final, la inercia desde la mesa desencadenó el infierno para los diablos del norte. La Liga, después del exitoso paso de Óscar Ramírez, engalanada de trofeos, corre serio peligro de ver las finales por tv. Don Raúl Pinto y compañeros serán los máximos responsables si eso ocurre, pues forzaron la salida del “Macho”, titubearon en la escogencia del relevo y, lo peor, apostaron sin control en el Gran Banco Internacional de Futbolistas, debilitando las entrañas del león. No sé si los erizos tienen sanas finanzas, lo que ha dejado de tener es aquel sólido equipo con una base indiscutible. Aunque casi siempre cae la cabeza de los técnicos, en la mayoría de casos, detrás de las horas amargas de un club, lo que ha faltado es buena cabeza de quienes deciden en la mesa.

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