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Un grito por el Mundial que soñé

El deporte, al fin y al cabo, es un reflejo de esa sociedad sin memoria ni decisión.

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Puede que usted no se sienta humillado y avergonzado porque a nuestro país le quitaron la organización del Mundial Sub-17 femenino. Yo si estoy dolido, aunque también tengo coraje y pido, exijo, que los responsables afronten su responsabilidad y paguen por su bochornoso accionar. Los japoneses, por mucho menos, renuncian de la dirección de sus partidos políticos, a sus empresas, y hasta pagan con su vida los grandes fracasos, llevando al extremo ese sentimiento del honor que, desgraciadamente, no existe por nuestras tierras, donde “ser el país más feliz del mundo” equivale a ser una nación donde nada nos parece suficientemente grave. No se trata de hacerse el “harakiri”, sino de enfrentar con responsabilidad los actos impropios. Pregunto; ¿Qué sería de Eduardo Li y sus compañeros de la Fedefutbol si esa entidad fuese privada y, como administradores, hubiesen perdido la sede de un evento planetario como el que se avecinaba?

Tampoco pasó nada con la vergonzosa actuación de dirigentes y allegados a ellos que, a ojos del planeta entero, revendieron entradas en Alemania, durante el Mundial del 2006. Ni siquiera una investigación, ningún sancionado, nada de cuentas. Un señor estuvo por más de 20 años manejando el Comité Olímpico como su “Nibanco”, empoderado por los designios de los dioses del Olimpo, sin dar cuentas ni destinar los ingresos cuantiosos en los atletas, los únicos llamados a beneficiarse con esa botija que atesoró bajo su almohada una sola persona. ¡Y salió como si tal, inmaculado, al retiro obligado a sus tierras norteñas, para disfrutar de las mieles de su viejo poder! Recién nos eliminan del Mundial Sub-20 tras despedir a un señor entrenador como Carlos Watson por aparentes diferencias con un dirigente que no sabe nada de futbol, y nadie asume su culpa por ese hecho. Nos eliminaron del torneo sub-17, despidieron a todos los entrenadores exitosos de otras épocas, y tampoco hay responsables. Callan los que deben hablar, esperando que –como buenos ticos- en dos días nadie se acuerde de sus pecados.

El deporte, al fin y al cabo, es un reflejo de esa sociedad sin memoria ni decisión en que nos hemos convertido desde que, ante el llamado de la historia, decidimos “esperar a que se aclararan los nublados del día” o desde que aceptamos que un expresidente dijera que “se lo comió en confites”, cuando le preguntaron por el dinero para cultura, pero que nunca apareció. Hemos hecho del error no una excepción, sino una constante. De la impunidad, una norma. La irresponsabilidad es una eterna compañera en quienes toman las decisiones en el deporte y en la vida nuestra. Confortablemente arropados en ese balsámico sillón del “no-me-importa”, les permitimos ejercer sus puestos como si se tratase de un videojuego, donde errar y perder es solo una anécdota, una circunstancia para matar el aburrimiento. Hoy, desde esta ventana que me permite al menos ejercer “el derecho al berreo”, pido, aunque sea un grito que se ahogará en el silencio, que todos los involucrados en ese fracaso imperdonable de un Mundial den un paso al costado y hagan una pequeña reverencia ante la señora vergüenza.

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