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MAGNÍFICOS

Un ángel cayó de su bicicleta

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Lance Armstrong no es un demonio expulsado del Paraíso, aunque muchos lo estén condenando al fuego eterno en expiación de sus culpas. Solamente es un hombre, un sobreviviente del cáncer, un luchador que quiso ganar a toda costa… Un simple mortal de carne y hueso.

Lo que pasa con nosotros, los humanos, es que vivimos creando y necesitando ídolos, dioses inventados, en los cuales descargar nuestras frustraciones por lo que no somos y quisiéramos ser.

En ese juego afectivo, le sumamos galardones, cualidades y perfecciones a seres absolutamente vulnerables, tan propensos al error, a la derrota, al desencanto, como todos los demás. Y entonces, de la noche a la mañana, ese ángel caído lo convertimos en enemigo público número uno, en el engendro de todos los males, en el mentiroso de todos los mentirosos.

Armstrong no era un Dios cuando ganó los 7 Tours de Francia en forma consecutiva y se subió al pináculo de la fama. Hoy tampoco es un demonio porque confesó haber hecho trampa. Su confesión –posiblemente pagada por Oprah Winfrey - no es una cachetada contra la Humanidad, sino un simple recordatorio de lo infinitamente humanos que son los ídolos que creamos todos los días, deslumbrados por su papel de ganadores.

¡Al fin y al cabo, nadie quiere a un perdedor!

Más que para colgarlo en un madero y lapidarlo, lo que pasó debe servir para mirarnos hacia adentro.

Es posible, tal vez, descubrir que los “monstruos” que hoy perseguimos los hemos creado, con esa idolatría que aleja sus pies de la tierra y los coloca por encima de nosotros mismos, altivos, poderosos, imbatibles, incapaces de mirar en el espejo a ese hombre que algún día fueron.

También es hora de abrir los ojos. Los superhéroes no existen.

La televisión y los patrocinadores han hecho su fiesta con esta exposición mediática que retrata a un hombre de hierro erguido sobre su caballo metálico, portador de una marca, vendedor de una imagen, héroe mítico que lucha contra todas las adversidades.

Más que verlos como tramposos, habría que pensar si quienes dirigen y promocionan ese deporte no lo han enfermado, llevando a los protagonistas hasta el límite de sus posibilidades humanas, obligándolos a un esfuerzo imposible de soportar.

No es un Judas que nos dio un beso a todos y luego nos entregó

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