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¿Partidazo o mejengón?

Mágico desde el ambiente transilvánico en que se jugó, sumergido en la bruma y en una lluvia diluviana propio de esos mundos fantásticos de Gabriel García Márquez y su Macondo inolvidable.

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Los ocho goles del clásico son como una nevada en San José. Maravillosamente extraña y, como tal, un espectáculo digno de apreciar y disfrutar. Pero pasada la emoción de ver nieve en el Estadio Nacional, cualquier tico debería hacerse las preguntas de rigor: ¿Se volvió loco el clima?, ¿ El cambio climático amenaza el planeta?, ¿Y si mañana vuelve a nevar?.

Así hay que analizar el partido. Mágico desde el ambiente transilvánico en que se jugó, sumergido en la bruma y en una lluvia diluviana propio de esos mundos fantásticos de Gabriel García Márquez y su Macondo inolvidable. Increíble por el avasallo inicial de la Liga, por la respuesta insospechada de Saprissa en 6 minutos de rayería, por la vía en que cayó el empate manudo, la ventaja alajuelense en la agonía y la resurrección de su rival en el último suspiro.

¡De infarto!. Pero a los entrenadores les ha de haber provocado un dolor de cabeza. Tácticamente, un fiasco. Saprissa sin respuesta en 35 minutos donde el castigo de 2 goles se quedó corto y Alajuelense confuso, incapaz de manejar sus emociones y poner en pausa un juego que tenía en la bolsa. Para la segunda parte, más de lo mismo: El local no pudo manejar la ventaja y el visitante se encontró la victoria cuando ya no la merecía, pero la regaló con un error en la “Saprihora”.

Un entrenador visitante, ajeno a las pasiones locales, se habría sorprendido en los palcos por esa apasionada mejenga a estadio lleno. Dos equipos volcados a buscar la victoria, ayudados por su vocación pero también por los yerros del adversario. Dos rivales impedidos para conservar ese triunfo tan buscado, pero al final no merecido por su fragilidad defensiva, por su desorden táctico.Si todos los clásicos tuvieron ese ramillete de goles, habría que ponerse a llorar como si la nieve se convirtiera en una constante en las tardes josefinas. Sería un mal síntoma del trabajo defensivo del futbol local, del manejo de las emociones en los momentos decisivos, de los despistes dolorosos que dejan huellas imborrables en el corazón de una Selección históricamente acosada por esos golpes postrimeros, cuando el festejo asegurado se convierte en una mueca de impotencia.

Refrescante la lluvia de goles y a tono con la nubosa tarde josefina. Fiesta para las gradas, emoción de ida y vuelta. Pero alerta roja para Rónald González, cuyo equipo salvó el invicto de milagro y arrastró su condición de líder invicto en buena parte del juego. Y no menos para Óscar Ramírez, abanderado del equilibrio, de la táctica al servicio del resultado, pero al que esta vez no le alcanzaron los goles para obtener la victoria.

Partidazo para la historia, para el recuerdo, para quienes idolatran a los que meten goles. Mejengón para los que ven el futbol como estrategia y táctica en busca del resultado, golpeando la puerta rival pero sin dejar la suya a expensas de los golpes rivales.

Pagan por un desconocido inofensivo dentro de la cancha

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