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Opinión

La deuda con “El Profesor”

Para gozar a plenitud de esta epopeya futbolera, muchos deberían primero acudir al confesionario público y entonar su "mea culpa".

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Redacción

En este momento glorioso todos los ticos tenemos derecho de subirnos a la carroza del triunfo. Y montar un fiestón que haga palidecer al mítico carnaval de Río de Janeiro. Nadie tiene potestad para bajar o intentar bajar a otro: Sería inhumano e imposible robarle a alguien tanta alegría.

Pero en medio de este delirio son buenos unos segundos de lucidez. Un ajuste de cuentas con nosotros mismos, con nuestro papel de aficionados, con los errores de la prensa deportiva, con los juicios errados que muchos técnicos usaron para demeritar el trabajo de Jorge Luis Pinto, su cuerpo técnico y varios de sus elegidos para el reto mundialista.

Para gozar a plenitud de esta epopeya futbolera, muchos deberían primero acudir al confesionario público y entonar su “mea culpa”. Al menos, reconocer que estaban equivocados, que no dimensionaron el trabajo y la capacidad del entrenador colombiano y que, en muchos casos, la crítica estuvo infectada del peor pecado de quien ejerce el oficio de periodista: la subjetividad.

Jorge Luis Pinto no era bien visto por muchos comunicadores por su pose retadora, por su convicción inclaudicable, porque jamás dijo algo para halagar oídos o ganarse el favor de una buena crítica. Porque se compró todos los pleitos posibles, no por cabezón ni intransigente, sino por convencido de si mismo, de su trabajo, de sus hombres.

Defendió a sus elegidos hasta las lágrimas, y hasta por ellas le criticaron. Renegó y renunció de algunos “pedidos” por la prensa para no ir contra sus propias convicciones, para evitar grietas en el camerino, para mantener incólume ese liderazgo en un grupo que se rindió a su disciplina, a su idea futbolística, a sus exigencias, y a su filosofía de la lucha, el trabajo y la entrega.

Taimadamente, a veces generó dudas donde él nos las tenía, para despistar y no por otra cosa. Desde aquellos recordados juegos en el Estadio Nacional, frente a España y Brasil, tenía clarísima la idea de lo que pretendía en el Mundial. Los partidos de la hexagonal contra México, aquí y allá, y frente a Estados Unidos, en la vuelta, nos invitaban a creer y a soñar en la posibilidad de un golpe a la historia.

Pero la prensa, con salvadas excepciones, y un grueso de la afición, pecaron de esa actitud de “sabelotodos”, en que nos hemos convertido cuando se trata del futbol. Álvaro Saborío fue la primera víctima de ese aguacero mediático que llovió sobre el proceso de Pinto. Después cayeron rayos y centellas sobre Barrantes, Júnior Díaz, “El Chiqui”, Umaña, Bolaños, Pemberton, y hasta el capitán Ruiz fue alcanzado por la rayería de los inconformes.

Muchos casi que gozaron el “infortunio” tico de caer en el “Grupo de La Muerte”. Vaticinaban, orondos, que Costa Rica sería el pato de la fiesta y creían que esa debacle diluviana, les permitiría, al fin, crucificar a Pinto y a sus “protegidos”, con un lapidario “Se los dije”. Pero la justicia divina, esa misma que don Jorge Luis evocó con su dedo índice, se encargó de desarmar a todos sus detractores.

Ya no queda ni uno. Alabado por los mejores técnicos del Mundo, bendecido por los titulares de los diarios del planeta, ungido por los expertos de todos los rincones, es imposible que alguno de sus críticos mantenga su dedo acusador en ristre. Volcarse en elogios frente a él y la Selección no es suficiente para saldar la deuda. Hace falta un gesto de humildad, como el que reclamaban –tontamente- de él.

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