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MAGNÍFICOS

Vela y los mercaderes

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Mientras Radamel Falcao y Bryan Oviedo serían capaces de jugar el Mundial en muletas, Carlos Vela rechazó ir y, por sétima ocasión en tres años, dice no a la camiseta mexicana. Esta vez, posiblemente para siempre, pues ha herido el sentimiento nacional de 130 millones de aficionados.El atacante de la Real Sociedad pasa por el mejor momento de su carrera y es el más calificado legionario con el que podría contar Miguel Herrera, por encima del “Chicharito”, pero le ha hecho la cruz al “Tri” y eso es peor que profanar la tumba de Jorge Negrete, cambiarle el corazón al traje del “Chapulín” o decretar el reggaetón como la canción oficial de los mariachis.Ironías aparte, este hecho abre la polémica acerca del futbol moderno y sus ídolos del “marketing”. La Selección Nacional, en un alto porcentaje de los casos, se ha vuelto un medio y no un fin. Un medio para lograr un contrato mejor, para asaltar el mercado internacional del futbol, volverse millonario y enrolarse en un club europeo con mucho dinero.La camiseta por si sola no representa nada. En todas partes del mundo los seleccionados juegan las eliminatorias si hay premios y son capaces de no presentarse al partido clasificatorio si les incumplen o suspenden las regalías multimillonarias. Saben que el Mundial es la gran pasarela, la Bolsa de Valores, el mercado más rentable para ser comprados por un árabe multimillonario o, al menos, por un club europeo que llenará sus bolsillos de euros. A Vela nada le ha costado. Fue campeón mundial sub 17 con México en el 2005 y ese mismo año el Arsenal pagó más de 4 millones de euros por su fichaje. No necesita del Mundial para cotizarse. Hoy es la gran figura y goleador de la Real Sociedad. Tiene asegurada la vida con su fichaje de 4 años con los españoles y no quiere comprometer su estabilidad con nada, ni siquiera con un viaje transoceánico para ir a una de las Mecas del Futbol, Brasil, por el sueño dorado de casi todo futbolista. Los que encendieron las velas para que dijera sí al técnico Herrera las apagaron definitivamente el lunes. Está claro que no le mueve el orgullo por la playera nacional ni el anhelo de alzar una copa dorada que el Mundo reserva cada cuatro años para solo los mejores. Dice que no está emocionalmente comprometido y que sería injusto quitarle el cupo a los que participaron de la eliminatoria. Y punto. Los franceses fueron acusados, en el pasado reciente, de conspirar contra los intereses de la Selección por asuntos de dinero. Muchos jugadores rechazan convocatorias a partidos para no perder continuidad en sus clubes o para tener chance de negociar un contrato en la época de los traspasos. Y otros amañan resultados a cambio de sobornos.

El futbol ya no es un simple juego donde el orgullo y la pasión por el triunfo son los trofeos más preciados. Los futbolistas son mercaderes modernos que van de país en país ofreciendo sus artes, firmando jugosos contratos, intentando evadir los controles fiscales, sin pasión por una camiseta, besando la de turno, declarando amores pasajeros, enarbolando la bandera del mejor pagador.Nada de eso es criticable, porque los dirigentes y empresarios hicieron de este deporte un lucrativo negocio. Y el único que sigue ajeno al resplandor de las monedas de oro sigue es el aficionado, incondicional a su equipo o Selección, pobremente esclavo de su propia y desinteresada pasión.

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