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Opinión

Los delanteros sin gol

Es fácil encasillar a nuestros delanteros. Están los que atropellan y quieren resolver todo con su fortaleza, lo que provoca un concierto de pitazos arbitrales.

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Es evidente que en el ABC del futbol ofensivo no pasamos del kínder. Al futbolista tico le cuesta un mundo definir cuando va encarrerado hacia el marco. Se perfila mal, olvida rematar al palo más largo y termina pegándole un bolazo al portero en cualquier parte.

Pero si en la ejecución del tiro es pésimo, también lo es en la escogencia de opciones. A menudo un jugador en carrera desdeña el esfuerzo del compañero que espera solitario con mejor posición de remate y al que nunca ve, o, peor aún, no quiso ver.

En ese duelo del atacante y el portero, además de la técnica de la ejecución, juega el estado emocional de quien busca el gol. El futbol es un deporte de ingenio, reflexión e inteligencia.

No es un reto a lo “Viejo Oeste”, en el que desenfundar primero equivale a ganar. No. Se requiere de rapidez, estilo, amague, cadencia y, por supuesto, de mirar al oponente y su cabaña en el momento cumbre de la ejecución.

Es fácil encasillar a nuestros delanteros. Están los que atropellan y quieren resolver todo con su fortaleza, lo que provoca un concierto de pitazos arbitrales. Está el correlón, que quiere matar de un infarto a su técnico, a los compañeros y a medio estadio porque con su don natural suele dejar a los rivales en el camino, ingresa a 100 por hora al área chica, no frena, no pausa, no piensa y manda la pelota a cualquier lado menos al fondo de la portería.

Están los tradicionales “mamones”. Gambeta por aquí y gambeta por allá. Cuando uno cree que ya lo hizo todo, que ya se bailó a todos y solo falta acomodar la redonda en el rincón de la alegría, se devuelve para ver si se le olvidó burlarse a alguien, y zaz, pierde la pelota. Siempre gusta de hacer lo más difícil, nunca entrega un pase al compañero mejor situado y si nadie puede con él, se hace una auto zancadilla en el momento justo.

Por eso no es extraño que la mayoría de goles provengan de tiros libres. En ese jaloneo y multiplicidad de cabezas en el área es más fácil que ocurra un accidente y la bola le pegue en la testa a alguien, o se desvíe en el cuerpo de cualquiera con destino a gol. Por supuesto que, de vez en cuando, una buena ejecución también nos depara un buen tanto.

Eso explica también por qué los defensas, en promedio, se han convertido en los mejores delanteros. Acostumbrados a cabecear en su área y siendo por lo general los más corpulentos, tienen cierta facilidad para “jupear” en las jugadas de “bola muerta”.

No sé si será por eso que ahora los técnicos no quieren poner delanteros y a veces juegan con uno solo, o peor aún, con medio, o con uno que “es falso”. La pregunta, tonta por supuesto: ¿ Y si es falso, cómo mete los goles?

Para terminar de amolarla, el técnico ha llenado al delantero de funciones ajenas a meter goles: tiene que pivotear, impedir la salida del defensa central, ir a marcarlo en los tiros de esquina, jalar la marca para que ingresen sus compañeros. Y si le queda tiempo, que meta un gol.

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