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Una final a lo tico en el Danubio

Un grupo de ticos vivimos la final de la Champions en Hungría, unidos por ese idioma universal que suele inventar el futbol.

FOTO: Cristian Brenes

Apenas a un par de cuadras del Danubio, en la avenida húngara de Andrassy, un grupo de ticos vivimos la final de la Champions, compartiendo emociones, simpatías y antipatías con hombres y mujeres de un lenguaje indescifrable, pero unidos por ese idioma universal que suele inventar el futbol. Hemos venido al Viejo Continente, a la tierra del mítico Ferenc Puskas, movidos por esa pasión que, cada dos años y ya por cuatro ocasiones, nos monta en el avión detrás de un sueño futbolero: participar en el Mundial de Abogados.

Así que allí, instalados frente a la pantalla gigante del Café du Paris, en el que una enorme Brazzuca sirve como bienvenida a un costado de la entrada, estos corazones ticos han latido al ritmo de una final que se vive como si estuviéramos en el Ricardo Saprissa o el Morera Soto, con el “Monstruo” o “El León”, dirimiendo el título. Eso sí, con una mayoría aplastante del Real Madrid.

Los meseros o no saben de lo que se trata, o no tenían otra camiseta a mano. Uno, negro y con un corte de pelo mohicano, viste la albiceleste argentina. El otro, blanco, luce una roja de los alemanes. El ingenio tico, por supuesto, no tarda en aparecer: “Balotelli”, “Balotelli”, y el mesero ya entiende, acude presuroso e intercambia sonrisas. Parece que le ha gustado su nuevo mote. Alrededor nuestro, algunas parejas y grupos pequeños convocados para vivir un duelo que si bien se juega en Portugal e involucra a dos equipos de un mismo país y ciudad, se palpita en cada rincón del mundo con la pasión de los padres en la mejenga de sus hijos, o el ardor de una final entre dos enconados rivales.

A pesar de la magia del Danubio a pocos metros, del esplendor de una ciudad imponente por su historia y su belleza arquitectónica, por la bendición de estar aquí, casi todos sufren los 90 minutos con una angustia apasionada. El gol del Atlético instaló un silencio largo y puso a reinar la desesperación en aquel lugar que, a miles de kilómetros de San José, albergaba las pasiones de un grupo de ticos que vivían su pasión preferida como si estuviera en un restaurante josefino.

Solo un par de amigos se han solazado con ese gol, aunque algún camuflado barcelonista se dejó la música por dentro para no ir contra la corriente apabullante de aquel duelo que se eternizó por larga hora y media, hasta que Ramos eternizó su papel de leyenda blanca e hizo el gol que lo dejará en la historia del Real. Estalló aquel rinconcito de Budapest con unos gritos que identificarían en cualquier parte del planeta a unos ticos.

Y a partir de allí se montó la fiesta, alargada por los tiempos extras, por los goles que nadie esperaba en tal cantidad, y sobre todo por la imagen del símbolo blanco, Ronaldo, mostrando sus “cuadritos” en un festejo de divo. Entonces apareció el festejo a la tica. Varios abdómenes descubiertos frente a la pantalla, a lo Cristiano, aunque ninguno está marcado y a casi todos les falta un poco de tono y color.

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