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Lo difícil de ser ganador

Los títulos son enfermizos en aquellos que no lo gozan.

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A jugadores, técnicos, dirigentes y aficionados deberían de darles un curso para aprender a ganar, antes de permitirles ingresar al mundo de las pasiones futboleras. Es la única forma de saber cómo reaccionar cuando los triunfos no llegan. Cuando el carrusel de las victorias está en el cenit, iluminado por los resplandores de los cohetes que anuncian al vencedor, es difícil mantener la ecuanimidad, es complicado sentirse gentil con el rival, es casi imposible tener un gesto de piedad con quien llora la derrota. Los títulos son enfermizos en aquellos que no lo gozan, sino que lo usan para restregar su prepotencia en la cara del perdedor. Sucede que, en medio del festejo, sale a relucir el “odiado” enemigo como dedicado de la faena, aunque no tenga nada que ver.

Las palabras altisonantes, las dedicatorias grotescas, los cánticos odiosos, son la constante de los escenarios ticos, especialmente entre las “grandes aficiones”, a las que les importa más la desgracia ajena que la fortuna propia. El tema no siempre es apoyar a los suyos, ni disfrutar de los éxitos, porque la humillación del rival enconado es el condimento principal de sus festejos. Cuando se actúa así es difícil aguantar el peso de estar en la otra acera. Demasiada carga es soportar la humillación lacerando el honor de quien acostumbraba ganar y dejó de hacerlo. El que a hierro mató no quiere morir bajo el mismo acero y mucho menos que sus lágrimas sean la razón de ser del júbilo adversario. ¡Da mucha rabia! ¿No han visto ustedes que los equipos que nunca han ganado nada o casi nada, son los que tienen aficiones más fieles y menos belicosas? Aprendieron a sobrellevar el dolor y aunque en el fondo el tiempo los convirtió en vencedores, pues los pequeños triunfos, los juegos memorables, las rachas efímeras o prolongadas, son motivos felices para liberar a ese incondicional seguidor.

En cambio, los que han disfrutado “restregando” los triunfos de su equipo ante los demás, no soportan que les “pinten la cara” con la misma fórmula burlesca que aplicaron en su tiempo de esplendor. La rabia no es tanto por no ganar, sino porque el vencedor es el que “odio”, el que me hace la vida imposible en el trabajo, en las redes sociales, el que se burla de mi idolatría, de mi bandera, de mis colores. Lo más malo diría, es que esas actitudes trascienden la esfera de los aficionados y envuelven a dirigentes, jugadores y técnicos. Entonces esas rachas malas se vuelven intolerables, la urgencia de títulos propicia decisiones hepáticas, aceleradas, no se respetan los tiempos del futbol, los procesos son huracanes que en cada paso decapitan al técnico y llevan y traen futbolistas que, siendo estrellas en otros cielos, se dejan atrapar por esa vorágine de premuras y se apagan entre tantas frustraciones. El futbol así, pierde su raciocinio. Los dirigentes quieren apagar las sequías endeudando al club sin reparo, pero como no llega, la autoestima futbolera se vuelve sensible, no hay disfrute en ese espectáculo y el asunto se vuelve de vida o muerte, más allá de 90 minutos para el disfrute.

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