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El genio en su lámpara

Lionel Messi, en su hora mala, le ha caído el mundo encima con todo el peso de la intolerancia y la incomprensión.

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FOTO: AFP

Lionel Messi es un genio preso en su propia lámpara. Tan acostumbrado a alumbrar con su brillo futbolero, ahora es presidiario entre las sombras de su destino, al que llegó de la mano de la fama y de una vida llena de milagros y presiones. Hasta hace poco jugaba como extraterrestre, pero ahora lo quieren lapidar en una cruz, por el simple hecho de que la vida lo bajó del pedestal y lo puso entre los humanos.

Su comportamiento, extraño para muchos, tiene que ver algo con ese aterrizaje del dios futbolero en el mundo de lo común, desconocido para él, acostumbrado a vivir en el Olimpo. Desde que debutó, con el Barcelona, siendo un niño, le pusieron la presión de tener que ser el mejor de la historia. Le sucedió a Maradona con Pelé, a “La Pulga” con aquellos dos y al que venga en el futuro con pinta de crack suramericano. Desde una corta edad ha llevado la presión de ganar todo y superar a los rivales más fieros.

Casi todo lo consiguió hasta ahora, menos brillar con la Albiceleste al nivel de Maradona. Pero nadie se ha puesto a pensar en las presiones que ha llevado durante su década futbolera de alto nivel.

En honor a la justicia, Pelé no tuvo que pasar por lo mismo. No había un genio de sus proporciones que lo antecediera ni un hito que superar. Las transmisiones televisivas eran incipientes cuando empezó, el futbol brasileño era totalmente casero y nunca se expuso a las tensiones de una Liga del nivel de la española o de la exigencia de la Champions.

Maradona sí fue un ícono televisivo y detrás de cada uno de sus pasos hubo una cámara discreta o indiscreta contándolo todo. Luchó, además, contra la sombra del “Rey” Pelé, contra los defensas que lo molieron a patadas, contra la FIFA a la cual retó y contra sus propias adicciones. Estas, fueron la válvula de escape a esa vida llena de presiones y tensiones.

A “Lio” le tocó la más difícil. Acosado por un mundo de millones de ojos electrónicos, “La Pulga” ha tenido que brincar de pedestal en pedestal, sin derecho a perder el equilibrio, menos a caerse.

Para peores, es contemporáneo de un futbolista de escaparate, Ronaldo, bueno en la cancha, pero arrollador en las portadas del espectáculo, en las pasarelas, en el mundo de la moda y la mercadotecnia.

Así que toda su carrera ha sido una interminable comparación con el brasileño, su antecesor argentino y el portugués. Por si fuera poco, nació ídolo y maravilló al mundo en el Barcelona, antagónico rival del Real Madrid. Él no nació para ser ídolo, sino para jugar al futbol. No sabe ser diplomático, no gusta de hablar, se refugia en su timidez, ni siquiera sabe cómo canalizar sus emociones. Carece de la personalidad arrolladora de Pelé o Maradona y del narcisismo de Ronaldo. Nadie le enseñó a llorar ni a desgarrarse ante la derrota. Y en su hora mala, el mundo le ha caído encima con todo el peso de la intolerancia y la incomprensión hacia un geniecillo atrapado por la maquinaria del futbol.

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