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El odio, compañero de butaca

El odio se ha convertido en el boleto para ingresar al estadio.

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Me alarmó en días pasados la frase de un comentarista de Fox Sports, Juan Carlos Gabriel de Anda: “Los mexicanos debemos aprender a odiar a nuestros rivales”. Sí, el mismo desbocado que luego del partido Honduras- Costa Rica se dejó decir que el gol catracho fue vendido por los ticos.

El enojo se me convirtió en pena el fin de semana anterior, luego de oír los improperios que los fanáticos morados y cartagineses entonaron contra el portero Víctor Bolívar y el herediano Waylon Francis.

¿Cómo explicar tratos tan degradantes y racistas si no es desde un odio enfermizo engendrado en el alma de esos aficionados? Me doy cuenta, con vergüenza, que somos el país de la mentira. Nos jactamos de muy educados, de ser la Suiza centroamericana, de un nivel de cultura superior al resto de Centroamérica, de organizar campañas contra el “bullying” escolar, el racismo, la xenofobia, la discriminación de género, y un largo etcétera de hipocresías. Porque en el fondo, esos aires de superioridad son el germen de una inferioridad manifiesta. Necesitamos descalificar a los demás para sentirnos mejor que ellos, nos burlamos del que es diferente para convencernos de que son los otros y no yo, los raros, tontos, “loser”, inadaptados, enfermos y ridículos. No merecen la mínima gota de respeto o consideración.

Condenamos el “bullying” escolar y ¡Dios guarde nos ofendan al chiquito en el kínder!, porque armamos una revolución. Pero a ese mismo niño lo llevamos al estadio para que nos oiga degradando al negro, al portero que no es un portero sino una pu#% de cabaret, al árbitro que es hijo de la vida alegre, y a todo aquel que, vestido del color diferente al de mi equipo, es enemigo declarado y merecedor de todo el desprecio acumulado en la región más salvaje de mi pobre corazón.Tristeza me causó ver las imágenes de varios fanáticos cartagos descargando su frustración contra Waylon Francis, y en medio de ellos a un niño de escasos 10 años, sacando su dedo implacable y entonando la misma serenata de odio.

El país más gozoso del mundo está lleno de aficionados enfermizos que se agrupan en barras vandálicas, pero también en fanáticos de saco y corbata e hijos de papi que, despojados de su pedigrí, se convierten en trogloditas del futbol que descargan sus penas y frustraciones contra todo aquello que atente contra la felicidad que buscan a toda costa a través de la victoria. Y somos tan cínicos que le damos la espalda a la bandera del Fair Play porque obligaron a la Sele a jugar con nieve, pero al mismo tiempo silbamos el himno del equipo visitante, hacemos guerra de huevos contra su autobús, insultamos al “Chicharito” por dejar ver su dolor en un momento tenso de los aztecas y degradamos a los propios seleccionados locales que no son del agrado de la mayoría. El odio se ha convertido en el boleto para ingresar al estadio. En esas filas se forman no hombres ni mujeres, sino depredadores de la condición humana, modernos espectadores del Circo Romano que ven el escenario futbolístico con los mismos bajos instintos que aquellos morbosos que disfrutaban con la sangre y la muerte en la arena. De alguna forma todos nos hemos convertido en un Juan Carlos Gabriel de Anda. Porque como lo pregona él, hicimos del odio nuestro compañero de butaca en el estadio.

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