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MAGNÍFICOS

La Liga sufre de melancolía

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La Liga de Keosseián, sin contar un par de los últimos juegos, es más espectacular y ofensiva que la de Óscar Ramírez. Sin embargo, tiene sumida a su fanaticada en una profunda decepción, al pie del abismo. Porque también es la versión liguista más goleada de los últimos tiempos.

Salvo un milagro, Alajuelense no irá a pelear el título. Dolorosamente para los manudos, tuvo que venir otro técnico para que se le hiciera justicia al “Machillo”. Porque no creo que haya un solo manudo que prefiera el presente rojinegro, el de “Manolo”, al ayer de aquel criticado equipo, al que llamaban mezquino, pero que les dio cuatro títulos en cinco torneos.

Óscar era un especialista en jugar por el resultado, pero también en adaptar al equipo a las diferentes circunstancias. Cuando tuvo a McDonald lo usó como eje de un ataque basado en el contragolpe. Lo perdió a él y a otras piezas vitales y modificó el esquema para que ninguno hiciera falta: Ni Sarvas, ni Gabas, ni “Pipo”, ni Froylán, ni Argenis, ni Alpízar. Llegó a ganar el último título sin tener un solo delantero de verdad.

Jugó finales con el equipo diezmado y sin ningún favoritismo, sobre todo ante Herediano. Improvisó defensas y se sacó de la chistera a Jorge Davis, una especie de amuleto de última hora, que con su fortaleza y empuje le dio los bríos que ya nadie pensaba le quedaban al “León”.

Igual la gente, su gente, siguió criticando al entrenador. Por defensivo, mezquino, austero, calculador y “cabezón”. Los disparos le llegaron por la espalda, porque los mismos directivos se dividieron en torno a su trabajo y a sus peticiones. Año tras año, manosearon el equipo, le quitaron jugadores claves, lo obligaron a prescindir de muchachos en los que creía. ¡Hasta por el “Chunche” tuvo que pelear!

Lo desgastaron tanto que la noticia de la partida de Acosta lo terminó de enfermar. “Más fiebre de pollo que otra cosa”, como decían las abuelas. Inteligente como es, sabía que ya sin “Pipo” y a futuro sin Acosta, las horas gloriosas de la Liga estaban por acabarse. De aquel equipo sólido, casi impenetrable, solo queda el recuerdo. Ahora Pemberton está desamparado, huérfano, flanqueado por defensas frágiles y sin aquella estructura del medio campo que amarraba al rival y le cortaba las ideas, las alas.

Los directivos y los fanáticos manudos ahora tienen lo que tanto extrañaron: Un equipo que busca el marco, que casi nunca se va en blanco, que exhibe a varios de sus hombres en la lista de goleadores. Pero extrañan lo que antes no les hizo falta: Un equipo equilibrado, tácticamente impecable, calculadoramente exacto en los juegos claves, mortalmente peligroso a la hora de las decisiones.

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