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MAGNÍFICOS

El sueño es su único pasaporte

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Los futbolistas profesionales, en su mayoría, son como los chiquillos malcriados y berrinchudos, para quienes el Mundo gira a su alrededor y los demás, los simples mortales, somos peones de un ejército de aduladores que les debemos agradecimiento “por ser agentes de tantas alegrías”.

Pocos, muy pocos, entienden que son ellos quienes están en deuda con la vida, con sus semejantes, porque un día el destino les abrió la puerta de una vitrina anhelada por casi todos los niños, pero que termina siendo escaparate para unos pocos afortunados.

Si entendieran la magnitud de ese regalo del Universo o del Dios que cada uno lleva consigo, vestirían con ropajes de agradecimiento y humildad y, lo más importante, harían de su carrera un tributo al esfuerzo, a la dedicación, a la disciplina y a la gratitud eterna con esa fuerza creadora maravillosa que les permite no solo disfrutar de una profesión que es un juego, sino que además los colma de fama, dinero y oportunidades.

Ninguno andaría con sus enormes audífonos sobre las orejas para aislarse del Mundo banal cuando les toca abrirse paso entre multitudes o descender de un lujoso bus al llegar a los estadios. No harían gestos obscenos contra la barra que lo silba o reprocha por su mala tarde. No patearían los banquillos cuando el entrenador los manda sacar porque cree que un compañero puede hacerlo mejor. Tomarían el futbol como un compromiso serio con la vida y el aficionado y no simplemente como una forma de hacer dinero, de ascender a la popularidad y de tener acceso fácil a las chicas más bonitas de la ciudad.

Jugarían con entrega, con respeto al compañero y al grupo, con lealtad frente al rival, con gozo por esos 90 minutos fantásticos que a cada nada la fortuna les regala, en medio de un coliseo donde son semidioses, adulados por una masa de seguidores.

Cuántos otros atletas en un país como el nuestro quisieran tener tantas manos aplaudiendo su faena en el escenario? ¿ Qué harían los patinadores, nadadores, voleibolistas y atletas ticos en general de los Juegos Centroamericanos, si cada vez en que salen a defender a su país o a su equipo, encontrarán ese mar de sentimientos empujando cada uno de sus pasos?

La mayoría de ellos compiten por amor a su disciplina, sin salarios, sin ayuda, sin cámaras, sin aplausos, por el simple hecho de gozar un deporte para el que la vida le dio aptitudes. Solo buscan el abrazo de su entrenador, el guiño cómplice de los padres que lloran en las gradas, el orgullo interno de verse en el podio aunque no haya un cheque pagando su esfuerzo. Como dice la letra emotiva que canta Debi Nova, para ellos el sueño es su único pasaporte.

Pagan por un desconocido inofensivo dentro de la cancha

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