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El profe que más sabe

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El camerino de un equipo de futbol es una Torre de Babel. Un nido de egos habita en él, conviviendo a su vez con personalidades retraídas, tímidas, disminuidas en su potencial por orígenes humildes o carencias afectivas. El buen entrenador sabe lidiar con todos ellos, apaga los humos de los divos y potencia el carácter de los menos visibles. Tener a todos contentos, motivados y dispuestos a encarar el reto de ser titular o la desilusión de permanecer en la banca. Debe apagar los fuegos de los agrandados y encender la llama de quienes prefieren la comodidad de ser segundones al temor de asumir papeles protagónicos. Tiene que lidiar con los chiquillos malcriados y con los viejos zorros del vestidor, los que mueven hilos y traman emboscadas contra el propio entrenador, en caso de ver en peligro su sitial de “patrones” del camerino. Ha de ser un guía de mano dura, pero con la epidermis de un padre comprensivo, la apertura de un amigo dispuesto a escuchar y aconsejar, y la seguridad para inspirar respeto y credibilidad.

No puede hundirse con sus dirigidos ante las derrotas ni perder el norte en el éxtasis de las victorias. Siempre ha de tener el verbo dispuesto para levantar los ánimos caídos o para disipar las humaredas efímeras que provocan los triunfos. Hay técnicos de corte emotivo que le apuestan todo o casi todo a la motivación. Normalmente logran resultados a corto plazo, pero no pueden mantener encendida la llama por períodos largos. Hay otros que, por incapacidad para poner en juego la inteligencia emocional, se aferran al libreto del esquema como única arma para ganarse el vestidor y derrotar al rival. Forjados en las aulas del futbol, con licencias para dirigir hasta en Marte, no saben conquistar ese mundillo de emociones con el que se enfrentan cada mañana, y terminan agobiados por la incomprensión de sus pupilos y el desdén de los aficionados, fastidiados por ese “Mister” engreído que gana todas las batallas tácticas en las conferencias de prensa pero pierde la mayoría en el campo.

Por eso no es fácil ser entrenador de futbol. “Profe” puede ser cualquiera. Basta con que le pongan un pito colgando al cuello y una camiseta con los colores de la divisa. Haber sido un gran jugador no lo acredita, pero tampoco lo descalifica lo contrario. El éxito le vendrá de muchas fuentes: Del estudio, la experiencia, el análisis, la repetición, la capacidad para hacerse entender y para evolucionar. Será fundamental que posea esa malicia indígena que solo tienen los grandes técnicos, capaces de revertir el destino de un juego sobre la marcha, con un cambio oportuno o un movimiento táctico. Nunca será un buen técnico si no impone respeto entre sus hombres y se gana el suyo, pero al mismo tiempo se convierte en el porrista número uno de su equipo, sin dejar de ser el crítico más severo. Y sobre todo, si no tiene la capacidad de encender la llama del camerino cuando las derrotas amenazan con hundirlo o de mitigar la efervescencia cuando los triunfos inflamen egos a punto de estallar.

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