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MAGNÍFICOS

Historia de una pasión

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Cartago es un hervidero azul. La ciudad le entregó el alma al equipo y cada quien vive el previo de la final como dicta el corazón. Los más curtidos son devotos de la mesura; los más jóvenes le apuestan a la ilusión. Ellos son el emblema del festejo. No celebran lo que no se tiene, sino la bonanza del momento.

En mi propio hogar, soy testigo de la fiebre azul. Mi hija mayor tiene 10 años y es fiel seguidora. Cambió las Barbies por una foto del “Chiqui” y desde las semifinales su vida gira alrededor del amado “Cartaguito”. Le pidió a la mamá que le cosiera su propia bandera y la enseña azul se convirtió en una prolongación de su mano derecha.

Valeria es una niña sensible, dueña de una madurez inusual para su edad y una generadora permanente de sorpresas. Me enseñó que el manual de papá debe ser consensuado, que no se vale imponer, y que el amor y el ejemplo ayudan más que el rigor.

El domingo pasado viví junto a ella una experiencia que quizá ayude a entender lo que sentimos los cartagineses en este momento.

Fuimos al hotel de concentración del equipo en El Guarco. Faltaban minutos para que el autobús saliera con destino al “Fello” Meza, para el primer encuentro de la final. Aquello era una locura. Sorteamos la aguja de seguridad y nos acercamos al vehículo, espoleados por el coro “Qoeee, oooeee, ooeee, azul, azul”. La niña me pidió que la alzara y quedó casi frente a frente con su ídolo, separada únicamente por la ventanilla.

Agitó la banderita azul y blanca, la arrolló e hizo un puño en su mano derecha y se la llevó al corazón. Ese gesto espontáneo atrajo la atención del “Chiqui” y a mí me estremeció. El futbolista reaccionó como cuando está en el área de cara al gol e inmortalizó aquella imagen en la cámara de un celular. “Papi, veo a los jugadores muy tranquilos. Hoy ganamos”, me dijo. El resto de la historia se escribió en la cancha.

La segunda parte la vivieron el goleador y mi hija el miércoles. Javier Delgado, Leandro Silva, Claudio Ciccia y el “Chiqui” visitaron la escuela donde ella estudia. La niña no dilapidó la oportunidad y logró que el goleador le autografiara su amada bandera.

Esa tela es, desde entonces, un tesoro familiar que administra personalmente. La anécdota me recordó mi rito de iniciación blanquiazul, en el distante 1969.

Papá me llevó de la mano por primera vez a ver al Ballet Azul. Vencimos 4-0 a la ADR y no olvido el partido porque “Chemín” Ramos le tapó un penal a Leonel Hernández. Yo tenía varios fólder con recortes de La Nación, que recogían la campaña del equipo aquel año, y había uno que atesoraba en especial porque traía unas fotos tamaño carta, con los rostros de los jugadores. Los regalaba el Almacén González.

Me lo llevé al estadio, esperanzado en que Wally, Leonel y Pelirrojo me lo autografiaran. Papá me guió a la puerta del camerino tras el juego, los esperamos, ellos accedieron y me hicieron el niño más feliz. No hubo foto con los ídolos porque no había celulares entonces.

Escribo esto porque creo que en cada hogar cartaginés se repite la historia de un padre, un hijo o hija, un equipo de fútbol que los une y una espera que tarde o temprano llegará a su fin. Papá ya no está conmigo, murió una semana antes de que naciera Valeria, pero vive en los ojos verdes de la niña que estos días no para de soñar con “Cartaguito campeón”.

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