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MAGNÍFICOS

Boletos manchados

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Las medidas para frenar la reventa de boletos deberían ser preventivas. El correctivo tendría que venir antes de que salgan a la venta y no al revés, pues cuando un tiquete se ofrece a ¢100.000 es poco lo que se puede hacer. El daño está hecho. La decisión de comprarlo o no queda en manos del aficionado. Y ahí pesan razones de corazón y de bolsillo. La hora feliz de la Sele empuja a muchos a hacer el esfuerzo y caer en manos de la reventa. Otros se plantan y se organizan en redes sociales para darles un plantón a los especuladores. No siempre se evoluciona para bien. El sistema de vender boletos en línea abrió muchos frentes para la irregularidad. Varias notas periodísticas dejaron al descubierto que es fácil ingresar a la página, usar códigos de personas que están inscritas y comprar hasta medio centenar de entradas sin problema.

La posición de los dirigentes es cándida. Ahora prometen hincarle el diente al tema, hacer controles cruzados y pedir los listados de quienes adquirieron entradas. Ya en ocasiones previas se presentó el problema y eso no sirvió. Revender entradas a precios astronómicos es una contravención. Significa que el problema seguirá hasta que no se legisle y se establezcan sanciones de peso. En este contexto, los revendedores salieron a escena como cándidas palomas, casi en un papel de víctimas. Ellos operan porque el sistema se los permite y siempre que haya demanda, harán su negocio. El gran perdedor es el aficionado. Y eso duele porque, como escribimos antes, fue él quien fraguó el resurgimiento de la Sele. Lo que se vivió ante Jamaica y Panamá confirmó que la gente finalmente adoptó al equipo. El fervor en la grada debería inducir a los dirigentes a cuidar ese patrimonio. Si el pasaje a Sudáfrica 2010 se perdió porque algunos egos se salieron de lugar en el camerino y los técnicos de turno no aplicaron la cirugía que correspondía, este proceso a Brasil ofrece un panorama diferente. El equipo está en armonía, el “Profe” tiene el control y la afición selló un pacto de apoyo irrestricto que nos tiene cerca del Mundial. Los dirigentes, entonces, deberían cuidar los detalles y evitar abrir frentes como el de las entradas que pueden salir caros, pues si como muchos aficionados piensan, una de las formas de poner fin a la especulación es no ir al estadio, la Sele se privaría de un respaldo clave en un juego que es un asunto de dignidad tras el robo congelado de Denver.

Señores dirigentes: déjense de palabras y actúen. Confirmen con acciones que en realidad les interesa la suerte del aficionado. No se limiten a sacar los boletos a la venta, a frotarse las manos por los millones que engrosan las arcas y a hacerse los atribulados cuando una entrada se ofrece a ¢100.000. Demuéstrenle a ese que llena las gradas que están dispuestos a revertir la situación. Lideren un movimiento que castigue con penas severas la reventa. Ese es el único camino. Será la primera señal de que no volverán a circular boletos manchados por la especulación.

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