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MAGNÍFICOS

Don Orlando, otoñal y ejemplar

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Orlando de León ancló entre nosotros cuando la década del 70’ despuntaba. Tenía pinta de “beatle” con lentes. Su Asociación Deportiva Ramonense (ADR) fue una saludable revelación en el lejano 1972. Aquel año, ese hombre se ganó el respeto y tejió la primera puntada de su leyenda. Eran otros tiempos. Saprissa demolía rivales con el toque como fundamento e instalaría un reinado de seis años. Alajuelense entraba en una crisis que lo apartaría del protagonismo y Herediano no contaba. El salto de calidad lo daría el Cartaginés, que redondearía la mejor década de su historia.

Ese fue el panorama que se encontró don Orlando. Con sapiencia futbolera y el aporte de tres paisanos, Pereira, Santos y Blanco, metió a la ADR en la danza grande durante las temporadas del 72’ y del 73’. Volcánico, pasional, vehemente… Estrenó la frase filosa una década antes que Juan Luis. De León transformó un equipo de pueblo en un onceno de estilo y ambición. Abnegados futbolistas de segunda fila se reivindicaron y volvieron a la esencia del juego: la pelota. El resultado fue un elenco que puso a vivir a la grada entre la incredulidad y la satisfacción. Su verbo inteligente cautivó a los medios y fue el primer filósofo del banquillo que escuché.

Yo era un niño de 10 años entonces, pero empecé a profesar admiración idólatra por aquel hombre de acento sudamericano, que explicaba en la radio o en extensas entrevistas concedidas a la prensa escrita, todos los secretos del juego. El uruguayo puso en mi cabeza conceptos que todavía me acompañan: sistema, táctica, pero, sobre todo, gusto por el juego. Han pasado 41 años, está en su etapa otoñal y se mueve con el mismo instinto de antaño: intenso, futbolero, posmoderno y sabio.

Don Orlando es ejemplar. Cuatro décadas, revoluciones tácticas e influencias mediáticas no hicieron claudicar al hombre para quien la pelota sigue siendo lo más importante. Su Carmelita es un modelo a escala de su prédica: orden, manejo y fe ciega en el mandamiento de que al gol se llega tocando.

El récord mundial de ascensos, 6, una factoría permanente de talentos y el valor para darle a un grande como su querido Herediano el famoso “kínder” que le aseguraba el relevo generacional, son solo algunos logros que empedraron su peregrinar. El futbol tico está en deuda con este uruguayo, que recaló entre nosotros con pinta de “beatle” hace más de cuatro décadas. Mis respetos, don Orlando.

Fue el primer filósofo del banquillo que escuché

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