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Yendrick se aleja de Bryan

Yendrick jugó y ganó el partido más importante de su vida.

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Yendrick jugó y ganó el partido más importante de su vida. Enfrente tenía la sombra de su hermano Bryan. Era un pulso contra el destino. Lo gambeteó y lo dejó atrás. Dejó de ser el menor de los Ruiz y empezó a conjugar el verbo ser a su manera, como un derecho legítimo. El “9” falso del Herediano es un delantero en franco ascenso. Si Puntarenas le sirvió de catapulta para encumbrarse a la elite, el presente rojiamarillo validó su credencial de figura en un equipo grande y redujo a la anécdota la salida de Alajuelense. En la casa florense se olvidaron del hermano de Bryan y acogieron a Yendrick. Blindaron a un futbolista que solo requería continuidad. Ese respaldo fue clave porque calidad le sobraba, como confirmaron sus 13 anotaciones en Puntarenas, firmadas en 36 juegos en el 2010.

La leyenda de un hermano famoso puede ser una pesada loza para unos hombros frágiles. Los que le auguraron un futuro intrascendente lo midieron con la vara de su apellido. Querían un clon derecho de Bryan y se olvidaron de que el ser humano es irrepetible. En su obstinada torpeza, olvidaron que precisamente las diferencias son las que enriquecen, y que nadie se puede medir por los logros de otro, aunque compartan la sangre y tengan un origen común.

La individualidad de Yendrick es tan auténtica como la suma de virtudes de Bryan. Cada vez que anota, apunta los índices al cielo y se santigua. Es devoto del perfil bajo y tiene claro lo que quiere. En un medio que premia con flashazos las poses metrosexuales, él se aferra a la pinta de tipo de barrio, ahorra palabras y reparte las cuotas del éxito a partes iguales, entre todos los integrantes del plantel.

Su verdadera obsesión vive en el área. Allí libera a su álter ego, un artillero taimado que no aparenta el goleador letal que en realidad es. Tiene un pase firme y un dibujo perfecto para ocupar los espacios porque su GPS interno marca siempre la ruta directa al gol. Por la valía de sus anotaciones y su remate explosivo es inamovible en Herediano.

Cuando el juego lo amerita, se tira unos 15 metros fuera del área. Allí se oculta entre el “doble 5” rival para alzarse con una pelota o largar uno de esos pases conmocionantes, que solo su técnica sabe producir. El resultado es la antesala de un gol que gritará un compañero de ataque.

Herediano disfruta la mejor versión de Yendrick, un hombre que quiere a su hermano, sí, como debe ser, pero que en la cancha prefiere ser él mismo, sin sombras ni ataduras. Y con la clase que tiene, ya lo consiguió.

Cada vez que anota, apunta los índices al cielo y se santigua

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