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La mala educación

La sensación de manada envalentona a algunos, que seguramente fuera de la gradería son muy modositos.

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No sé cuántos de esos que le gritan a Víctor Bolívar en el estadio le dirían lo mismo si lo tuvieran cara a cara. La sensación de manada envalentona a algunos, que seguramente fuera de la gradería son muy modositos. Lo mismo con los racistas que insultaron a Waylon Francis en Cartago, o los fanáticos que le recordaron a José Sánchez la muerte de su padre, con absurda crueldad. Esa no es la forma de apoyar al equipo.

El futbol transmite valores muy positivos. Recordemos los 90 minutos por la Vida, o el respaldo a la campaña de Avon contra el cáncer de mama cada octubre. Pero hay un switch invisible que transforma a ciertos aficionados y nos hace recordar que este deporte, lamentablemente, también incuba las peores alcantarillas de la sociedad. En Cartago, vimos niños insultando con agresividad y gesticulando groserías. ¿Qué les dirían los adultos que tenían a la par? Seguramente les aplaudieron la gracia, porque en el estadio hay derecho de comportarse así.




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