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MAGNÍFICOS

Aprendan a cobrar penales… y después hablamos

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No, los penales no son una lotería, una ruleta, una moneda al aire. No es esa instancia en la que “cualquiera puede ganar”, y los jugadores quedan librados al fatum, al capricho de los astros. De ninguna manera. Son un proceso selectivo -técnicamente, el encuentro se declara empate- diseñado para que un cuadro avance, y el otro quede eliminado. No tienen nada que ver con la suerte, y sí todo -absolutamente todo- con la capacidad.

Muchas han sido los campeonatos cuyo decurso ha sido decidido de esta manera. No es la más vistosa, pero tampoco es esencialmente injusta, y menos aun, adventicia, azarosa. Los penales, señores, se entrenan. Y más que la ejecución, se “entrena” la mente, la sangre fría, el auto-control, el temple y la integridad psicológica que este momento dramático solicita de los jugadores. ¿Cuántas veces lo he dicho? ¿Seré acaso una vox clamantis in deserto? ¡Los equipos necesitan psicólogos profesionales que los ayuden a encarar este tipo de situaciones, a sobrellevar el peso de Aconcagua que se cierne sobre ellos, cuando cobran un penal! ¡Dije psicólogos, no eso que hoy en día llaman “motivadores”!

El penal es la única jugada en la que dos hombres quedan solos, confrontados uno al otro, en un espacio acotado, un paréntesis temporal abierto para ellos. La única situación que deja a dos rivales congelados, suspensos, cara a cara (en los tiros libres o los cobros de esquina -aun cuando fuesen goles “olímpicos”- una muchedumbre se interpone en el área). La más crispante instancia que el futbol ofrece. Única jugada no colectiva, sino estrictamente individual. ¡Por eso, justamente, demanda una preparación particular! Requiere, del futbolista, otras competencias, otras aptitudes que las que normalmente despliega en el terreno de juego. Messi, el mejor jugador del planeta, ha botado 8 penales de 28 con el Barcelona: ¡es una destreza, en su vasto repertorio, que no ha cultivado!

Porque el cobro de penales es eso: una destreza, y como tal, se adquiere. El jugador no sólo debe vencer al portero rival. Debe, por encima de todo, vencerse a sí mismo, su propia sombra, ese fantasma que conspira contra él, que lo boicotea desde su fuero interno, sus demonios, la voz que le susurra, insidiosa: “lo vas a fallar”. Y si los espectros no son exorcizados, la bola quedará flotando allá, en el cinturón de asteroides que giran entre Marte y Venus.

No: los penales no son una lotería. Triunfar sobre nuestra faz en sombra. La más heroica, ardua victoria que sea dable imaginar. Ningún enemigo puede hacernos tanto daño como nosotros mismos.

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