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Magníficos

Bien, bien… no más que eso

Un equipo que manufactura y vende a sus jugadores no puede pretender consolidar un sistema sólidamente vertebrado.

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Mi saprissismo confeso e irredento me exime de todo esfuerzo de imparcialidad. Me alegra, poder ser manifiestamente parcial. Nunca he creído en la objetividad. Es una de esas cosas hacia las que conviene propender, pero que -conviene saberlo- jamás alcanzaremos.

Saprissa ganó a Heredia a punta de calorías emocionales. Con las las vísceras, la sangre y ese músculo del alma que llamamos “voluntad”. Después de un anoréxico primer tiempo, la “S” moduló de “adagio molto moderato” a “presto con fuoco” en la segunda parte de su concierto.

En Heredia, los cambios fueron tardíos. Pedroza debió haber entrado antes, y un visiblemente resentido Yendrick hubiera debido reposar en el segundo tiempo.

El resultado de su heroica presencia en el campo fue perder el balón que generó el gol de Colindres.

Saprissa revisó el milenario libro de la geometría euclidiana futbolística, y recordó que para ganar un partido hay que tirar a marco (¡sobre todo cuando se juega en césped sintético, y los repiqueteos del balón se convierten en un delantero más, para infortunio de los arqueros!).

El Team cometió con Colindres el mismo error que Saprissa ante Gabas, en el clásico tras-anterior: permitirle correr, cargar la bazuca, apuntar, y disparar a sus anchas.

Sobre la autopista que dejó el mediocampo herediano bien podría haber aterrizado un jumbo jet. Más imputable fue la defensa -los volantes de contención- que el guardavalla Cambronero, en el gol morado.

Mejorcito, Carvajal, bajo esos fatídicos palos que han sido todo menos sus aliados, en lo que va del torneo.

Magnífica parada de mano derecha ante un maligno tiro libre que buscaba bañarlo. Pero luego, un saque de portería infantilmente ejecutado (¡la gestión ofensiva comienza aquí: es un error básico y perfectamente evitable!), y una tarjeta amarilla innecesaria, decoloraron su actuación. Si no lila intensa, siquiera llegó a color pastel índigo.

Saprissa sigue sin tener un número 10 ( Estrada, ausente, es lo que más se asemeja a este espécimen, cada vez más infrecuente en el futbol mundial), y un número 9 verdaderamente punzocortante ( Saucedo es ornamental).

Echo de menos a Waston y Tejeda. Un equipo que manufactura y vende a sus jugadores como si de una fábrica de embutidos se tratase, no puede pretender consolidar un sistema sólidamente vertebrado. Debe escoger: o es vitrina, o es campeón.

Y si decide ser escaparate, no culpabilizar al técnico por ser incapaz de configurar de la noche a la mañana una nueva constelación futbolística: ¡sus jugadores se escurren como agua en un cesto de mimbre!

Saprissa ganó, pero necesitará mucho más que endorfinas para alzarse con el título.

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