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Opinión

¡No envenenen a la gente!

La victoria de Honduras nos dejó un sabor indefinible en el alma: perder nunca es grato… a menos de que con ello eliminemos a México, verdugo futbolístico de toda una vida.

Este viernes vivimos una experiencia que merece reflexión. Nos fracturamos ontológicamente. Escindidos, ambivalentes, destrenzados por dos fuerzas divergentes.

La primera: nuestro amor por la Sele. La segunda: la endémica, atávica animadversión por el Tri. Una inquina que está alcanzando niveles patológicos, alarmantes: veneno puro.

Convengo, amigos: ni Hugo Sánchez, ni Cuauhtémoc Blanco, ni Chicharito ganarán jamás un concurso de simpatía. ¿Los comentaristas mexicanos? Los hay de inmensa jerarquía y señorío. Y luego, apoteosis de la pedantería como Faitelson: caer mal es su vocación natural.

Así las cosas, la victoria de Honduras nos dejó un sabor indefinible en el alma: perder nunca es grato… a menos de que con ello eliminemos a México, verdugo futbolístico de toda una vida. Una derrota que lloramos celebrando, y celebramos llorando.

Y la chilena providencial de Jiménez en el Azteca -admitámoslo- ensanchó nuestro ya rico repertorio de improperios.

Nuestro ensañamiento contra México -como toda forma de ferocidad- comienza a ser preocupante. La actitud revanchista propia de los resentiditos y los acomplejados. La mentalidad de Lilliput, felices de ver al gigante hincado.

No es saludable ni elegante, y ya nos está haciendo lucir mal ante la comunidad futbolística mundial. Porque a fin de cuentas, amigos, México irá al Mundial, y con un año para lubricar sus engranajes, probablemente hará un buen papel. Más que invocar a Santa Lucía para que “los ciegue”, deberíamos ocuparnos de nuestro propio rendimiento.

La Sele llegó a Honduras en estado sonambúlico, comatoso. El éxito conlleva responsabilidad. Después de nuestra clasificación, hemos perdido el derecho de jugar tan mal. Ya no tenemos la libertad para hacerlo. El mundo espera mucho de nosotros. Ahora la gente nos sigue porque asume que somos buenos. Urge evitar que nadie diga: “¿Cómo es posible que un futbol tan mediocre esté presente en el mundial?”

Por favor: olvídense de Faitelson y las fanfarronadas que algunos modernos tlatoani han proferido. Estamos respirando por nuestras heridas: eso salta a la vista. Feo espectáculo moral, el que estamos ofreciendo. Apretándonos el absceso para extraer el pus de los varapalos que México nos ha infligido.

Hay que ganarles el próximo partido por respeto hacia nosotros mismos, no facturándoles una hegemonía deportiva establecida en buena lid.

Más futbol, y menos veneno. Hay comentaristas nacionales a los que ya convendría administrarles una infusión de suero antiofídico: sus lenguas se están bifurcando y a guisa de piel han comenzado a desarrollar escamas.

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