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Magníficos

¡Se puede: ellos lo demostraron!

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Son leyenda. Es decir, historia a la que la gloria ha conferido una pátina dorada, como los antiguos libros de cuentos de caballería. Fue, en efecto, una página épica. La más memorable de nuestra historia futbolística, junto a la epopeya de Italia 1990.

“Los chaparritos de oro”. Todos hemos oído hablar de ellos. Aunque, ¿es esto cierto? ¿Conocen nuestros jóvenes a este cuadro que escribió, con galanura sin igual, el primer canto de gesta de la Tricolor? ¡Qué amnésicos e ingratos somos con los viejos gladiadores, esos que no vivían en el faranduleo de almanaque, enfermos de “beckhamnismo” crónico!

Revelación de los Panamericanos en México, 1956. El anfitrión logra empatarnos 1-1 con 3 jugadores estrella: travesaño y postes. “Dispusimos” de Chile 2-1: absoluto señorío de los chaparritos. Avasallamos a Perú 4-2 en el mejor partido del torneo. Colisión con Argentina (¡equipazo: Corbatta, Maschio, Sívori: prodigiosos!) Los íbamos doblegando 3-1. Argentina acortó 3-2. Chato Piedra, en lugar de aherrojar la defensa, meter la buseta atrás y colgar a los aguateros del marco, quiso asegurar el triunfo: sacó un volante de contención y metió a un creativo. Tripleta de Sívori, y perdimos 4-3.

Brillante tercer lugar. Dueños del corazón de los espectadores. Stábile, técnico albiceleste, nos dijo: “Yo sabía que en su país se jugaba buen futbol, pero jamás imaginé tal derroche de talento. ¿El jugador del torneo? Álvaro Murillo. Superior a cualquiera de mis seleccionados”.

México, Chile, Perú, Argentina y Brasil eran los mejores del continente. Y nos batimos en cancha ajena. Nada de Belice o Nicaragua (jugando, además, en casita). Sí: hay derrotas más dignas que la victoria. Caer, pero mirando las estrellas, la proa en alto, lanzando cien cañonazos, como el Potemkin, el Bismarck, el barco pirata de Espronceda, no flotar cual una piragüita en una pocilla doméstica.

De nuevo: prefiero perder egregiamente, jugando con generosidad, ofreciendo espectáculo, primus inter pares con los gigantes, que triunfar con un futbolito incoloro, desaliñado, amarretes, estreñido. No, no, no suscribo a esa línea de acción. ¡Sacar el resultado: pero además la crestería!

Con prudencia, sí: una defensa concesiva es un descalificador automático. Pero también bellamente. No son conceptos incompatibles. Los chaparritos -entre otros equipos que el mundo recuerda con gozo- lo demostraron. Y no me salgan con que “antes era más fácil hacer goles”. En 1956 los delanteros no tenían 3 piernas ni los marcos medían 20 metros de ancho. Nunca ha sido fácil, hacer goles. Puedo probarlo. Ya hablaremos de ello.

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