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¡Cuidado, cuidado!

Es perturbador, lo que veo en la Concacaf. Un proceso “encanfinado” por plumas imprudentes y los energúmenos que encienden el cerillo en la habitación llena de gas.

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Detección temprana: el factor clave para detener la enfermedad. En el cuerpo humano y en el cuerpo social. Las sociedades se enferman, sí. Patologías colectivas que degeneran en dolencias terminales y marejadas de dolor. Es perturbador, lo que veo en la Concacaf. Un proceso “encanfinado” por plumas imprudentes y los energúmenos que encienden el cerillo en la habitación llena de gas. La consolidación de “binomios del odio”, “grandes rivalidades”, “bestias negras”, antagonismos que desbordan su espacio legítimo -la cancha- para devenir xenofobia, racismo, supremacismo, belicosidad… toda la basura de que el ser humano es capaz, y que ha anegado la historia en pena inmensurable. ¿Qué es el hombre? Lo que haga de sí mismo, y del prójimo.

¿Cuántos casorios infernales tenemos ya en la Concacaf? México-Estados Unidos, México-El Salvador, México-Honduras, Honduras-El Salvador, Costa Rica-Honduras, Costa Rica-Estados Unidos. Veo venir los binomios Panamá-México y Panamá-Estados Unidos. Ya no son “clásicos”: son colisiones en las que los pueblos proyectan su malestar, y asesinan a su contrincante con ese misil simbólico que es el gol. Mientras no pasemos de ahí… pero del juego -el ludus- al odio entre las naciones hay una tenue línea demarcatoria que urge no violar.

En 2009 la afición salvadoreña recibió a México con mascarillas. El rival salía de una crisis sanitaria que había diezmado comunidades. ¿Se dan cuenta de la crueldad, la malignidad del gesto? Cuando debíamos tender una mano solidaria, utilizamos el futbol para humillar a un país moralmente lesionado. Y que la amnesia -activada automáticamente para borrar lo que nos urtica- no nos lleve a olvidar la “guerra del futbol”, detonada en 1969 por un malhadado partido Honduras-El Salvador. Resultado: 6.000 muertos. Cada minuto que El Salvador jugó en el Mundial 1970 costó 18 vidas.

Un enjambre de forajidos recibió a los Estados Unidos con escupitajos verbales: “caras de…”, “hijos de…” y el infaltable “maricones”. Bombardeo de huevos contra el bus. Lo vio el mundo entero. Es la imagen que el planeta tiene ahora de nosotros. ¿Un partido que moviliza 500 policías, bomberos, ambulancias, perros detectores de drogas y explosivos, oficiales a caballo y en moto? ¿El desembarco en Normandía? En el deporte es lícito hablar de revancha, no de venganza: el término tiene un peso ético muy grave. No alimentemos el odio: el monstruo tragará todo lo que le demos, y puede salírsenos de las manos. ¿Cuál es el propósito último del deporte? La paz. Tres simples letras. Esas que nos definen como nación. Nuestro verdadero nombre.

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