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MAGNÍFICOS

De Godzilla a lagartija

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Machado decía: “hacer las cosas bien es más importante que hacerlas”. El apotegma parece simple. No lo es. Puede replantearse así: “es mejor no hacer las cosas, que hacerlas mal”. Lo he dicho mil veces, y lo sigo creyendo: es más significativo el proceso que el resultado. El “cómo” que el “qué”. No basta con ganar un campeonato: hay, además, que ganarlo con donaire. Y sí: prefiero ver a mi equipo caer como un gigante, que ganar como un pigmeo.

Si la final fuese mañana, Herediano y La Liga estarían por escenificar un capítulo más de su saga inmemorial. “Historia de dos ciudades: Heredia y Alajuela”. Pero faltando aún algunas fechas, pronostico que Saprissa recuperará a sus lesionados, activará las bombas de succión para salvar el navío, y lubricará una que otra piecita de su engranaje. Sí, es posible que el equipo mejore. Con dos torpedos de 3-0 incrustados bajo la línea de flotación, ¿cómo podría empeorar? Y si Estrada se enciende -que a sus “verónicas” y “pirouettes” debemos el poco futbol que está generando- tal vez hasta gane el campeonatillo.

Pero, la verdad, he perdido la ilusión por ver a mi equipo alzarse con el cetro este año. Es comprensible que en un torneo largo los equipos tengan altibajos: es parte del itinerario hacia el triunfo. ¡Pero tragarse seis goles en dos partidos casi consecutivos contra sus archirrivales! ¿Quién quiere ganar un campeonato de esta manera? Con un expediente manchado, con caídas tan estrepitosas, que posiblemente resuenen más que cualquier victoria arrancada con los dientes en la cuadrangular final. El “campeón de la media docena”…

Por definición, campeón es aquel que gana un torneo. En general, es el mejor equipo del certamen. Cierto, hay excepciones: Brasil debió haber ganado en 1950, Hungría en 1954, Holanda en 1974, Brasil o Francia en 1982. En su lugar prevalecieron equipos más astutos, acaso más homogéneos, pero ciertamente no mejores. En 1954 Alemania encajó un varapalo de 8-3 contra Hungría… Para derrotarla 3-2 en la final y proclamarse campeona. Pero eran otros tiempos.

No quiero que gane mi equipo. Por lo que a mí atañe, ya este campeonato se entregó. Que vayan, mejor, pensando en el próximo. Quien se deja masacrar de esa manera por sus dos más enconados rivales pierde el derecho moral a aspirar al campeonato. De lograrlo, sería un titulillo insípido, incoloro, supurando dos lanzazos en el flanco.

Lo más triste que le puede suceder a una afición: Saprissa ya ha acostumbrado a sus seguidores a la derrota. Es cosa que aceptamos sin rezongar, como algo perfectamente natural. El “síndrome Cartago”.

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