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Magníficos

Los dos errores a no cometer

De nuevo, la victoria nos une, la derrota nos separa. En la primera todos somos héroes, en la segunda solo hay villanos.

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Al enviar esta columna, no sé todavía quién es el nuevo campeón.

¿Herediano, Cartaginés? No importa. Lo que propongo valdrá en uno como en otro caso.

Amigos: lo propio de la derrotas es desunir. Un partido político, una armada, un equipo pierde, y se desune, se desmiembra. Las victorias, en cambio, unen. Es axiomático. En la exultación del triunfo, todo el mundo deviene amigo de todo el mundo. El autor del gol dirá que el mérito fue del jugador que le sirvió el centro. No: fue del mediocampista que le metió el balón en profundidad. No: fue estrictamente colectivo.

No: fue del técnico. No: fue de la afición que no cesó de apoyarlos lealmente. No: fue de la directiva, que esta vez sí supo nombrar el plantel ideal. No: fue de la prensa deportiva, que cubrió con objetividad y espíritu crítico el decurso del campeonato. In fine, todos nos adoramos, y somos “reyes y reinas de cuatro reinos sobre el mar” (Gabriela Mistral).

Júbilo generalizado, repartición magnánima y equitativa de la gloria. ¡Pero ay del perdedor! La culpa fue del portero: ¡cómo se le pudo haber ido esa bola! No: fue la defensa, que hizo agua durante todo el partido. No: fue el medio campo, que no generó juego. No: fueron los volantes de contención, que no supieron cubrir espacios y recuperar bolas. No: la delantera desperdició las mil ocasiones que tuvo, mientras que el rival aprovechó la única que generó. No: fue el planteamiento excesivamente conservador del técnico. No: fue el planteamiento excesivamente arriesgado del técnico. No: fue la junta directiva, que no debió haber contratado al técnico de marras, en primer lugar. No: fue la afición, que después del segundo gol dejó de apoyarnos y se dedicó a gritarnos el “¡ole!” No: fue la prensa deportiva, que se encarnizó contra el club durante toda la temporada. Todos contra todos.

El siniestro juego de la mutua inculpación. “Humano, demasiado humano” (Nietzsche). De nuevo, la victoria nos une, la derrota nos separa. En la primera todos somos héroes, en la segunda solo hay villanos.

La verdad es que no hay victorias ni derrotas absolutas. El ganador debe recordar, tan pronto se regale en ese delirante manjar que es el triunfo, que hay cosas que mejorar: su gestión será siempre perfectible.

El derrotado debe mantenerse unido, no dejar que la cizaña, la amargura (el “síndrome Mourinho”) los escinda, los malquiste entre sí. Hay dos tipos de campeones: los coyunturales, los de un día, y los que lo son aun cuando pierden: para pertenecer al segundo tipo hay que impedir, cueste lo que cueste, la desunión.

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