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Respuesta para la inmortalidad

Cuando un deportista adquiere el rango de héroe cultural, debe entender que, lo quiera o no, se convierte en emblema, en figura mítica.

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En entrevista para un diario deportivo: “Señor Asprilla: ¿en qué gastó su fortuna?” “La mitad se me fue en guaro y prostitutas”. “¿Y la otra mitad?” “La otra la desperdicié”. Faustino Asprilla, sí, uno de los coreógrafos -porque más que un equipo de futbol eran un cuerpo de ballet- de la inolvidable Colombia de Valderrama, Rincón, Valencia, Higuita, Maturana. Así que, imagínense, amigos, en qué habrá consistido la mitad “desperdiciada”.

Y Wayne Rooney, el “niño maravilla” del Manchester United, aprovecha la ausencia de su esposa, Coleen, embarazada de su hija Kai, para meter en el lecho conyugal a una prostituta llamada Jennifer Thompson, que le organiza una bacanal domiciliaria por la módica suma de… ¡3.000 euros la noche, esto es, un total de 21.000 euros para una semana digna de Sardanápalo, de Calígula! ¡13.000.000 de colones! ¿Cómo habrá llegado a las sesiones de entrenamiento después de semejante sexatón? El asunto cayó en manos de los carroñeros de tabloide, y fue escándalo nacional.

Cuando un deportista adquiere el rango de héroe cultural, debe entender que, lo quiera o no, se convierte en emblema, en figura mítica, se propone a sí mismo como modelo ético de emulación para millones de niños y jóvenes. En cierto modo, deja de pertenecerse a sí mismo. Es parte del precio que hay que pagar por la nombradía.

No digo que todo deportista deba observar la conducta de San Francisco de Asís, Mahatma Gandhi o la Madre Teresa -¿a quién se le puede exigir tal cosa?- pero por lo menos debería hacer sus trapacerías privadamente, y no proferir sandeces de la magnitud de las que ofreció a la prensa, con perfecto desparpajo, Asprilla. Pelé, Beckenbauer, Cruyff, Di Stéfano no son ciertamente canonizables, pero tenían señorío: no hacían ostentación pública de sus derrapes.

Creo en el deportista integral, ese que, consciente de ser ídolo de multitudes, intenta vivir con decencia y dignidad. Que además de saber patear bien el balón, procure calificar como lo que llamamos un buen ser humano.

Porque, al encarnar el modelo de vida soñado por millones de personas, pierde el derecho a comportarse como un patán, un desaforado. Sí, la gloria acarrea la pérdida de cierto grado de libertad. El deportista integral debe ser, además, un formador, inspiración, brújula ética de la juventud que lo venera.

Faustino Asprilla, Diego Maradona, Wayne Rooney, Mike Tyson y “Tiger” Woods son anti-modelos. No por moralismo santiguador y pacato, no. Porque no comprendieron cuál era su verdadera misión en el seno de la sociedad que los ungió próceres. Pudiendo haber sido faros, prefirieron ser escollos.

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