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Opinión

Campeón es el que está en la cima

En primer lugar, el término “ventaja deportiva” es una tontería. En el deporte, cualquier “ventaja” va a ser “deportiva”.

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Por supuesto que la “ventaja deportiva” es una magnífica disposición. Premia la excelencia, confiere ‘suspense’ a la fase final de nuestro absurdamente alambicado campeonato, estimula a los equipos a luchar por los primeros lugares, e impide que gocen de los mismos beneficios dos escuadras que terminaron sus respectivas sagas con 17 puntos de diferencia.

El hecho de que en dos ocasiones tal criterio haya perjudicado a Saprissa no es razón para abrogarlo. Igual, el día de mañana, nos beneficiará, y entonces correremos a declararlo “el mejor dispositivo jamás creado para incentivar la competitividad de nuestros equipos”.

¿No merece ser premiado un cuadro, por haber ocupado el primer lugar de la tabla, y serle concedida cierta ventaja sobre el que logró colarse misérrimamente de cuarto, a última hora?

En primer lugar, el término “ventaja deportiva” es una tontería. En el deporte, cualquier “ventaja” va a ser “deportiva”. ¿Qué querían que fuera? ¿Filosófica, arqueológica, jurídica? Es una tautología, una redundancia. Debería, simplemente, llamarse, “mayor puntuación”, o “mejor rendimiento”.

En segundo, la vasta mayoría de los campeonatos de liga prescinden de las superfluas “semifinales” y “finales”, buenas únicamente para mercachiflear, llenar los estadios, provocar fricción entre las aficiones, y extorsionar hasta la última gota del petróleo futbolero.

Son rentables, claro que sí, esos últimos partidos, con su dramatismo operático, sus épicas resonancias, sus historias de venganzas y revanchas: los grandes binomios del odio. ¿Por qué no sale un Dickens tico, que escriba nuestra propia, folclórica versión de “Historia de dos ciudades”? No serían Londres y París, sino Heredia y Alajuela, pero eso no importa. ¡Generaría plata, llenaría arcas: nada, hoy en día, puede estar sobre el criterio de rentabilidad!

El cetro debe ir a manos del equipo que, después de extenuante competencia, se apodere del primer lugar en espectacular sprint final, o sepa sostenerlo durante 18 fechas: ¿no merece esto ser recompensado?

El campeón es el que acumula más puntos, punto (¡valga la cacofonía!) Todo lo demás es estéril. Formas de inyectar emoción a un certamen inherentemente mediocre. ¿Cómo es posible que Cartago, infiltrado agónicamente en el último minuto en el buque salvavidas de “los cuatro”, goce prácticamente de las mismas posibilidades de quedar campeón que Heredia, líder absoluto, 17 puntos por encima de él?

Honremos la justicia deportiva, y pensemos menos en las recaudaciones. ¡Eso también es fair play: no solo juego limpio sino, sobre todo, el juego justo!

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