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Gangrena Social

Expandiéndose, con su característica mancha violácea y su olor putrescente a través de toda la cultura del futbol.

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Sigue la gangrena. El racismo. Expandiéndose, con su característica mancha violácea y su olor putrescente a través de toda la cultura del futbol. El problema es tan serio, que al día de hoy, se me antoja frívolo escribir sobre cualquier otro tópico. Simplemente no puedo hacerlo. No hay campeonato, clasificación o presea que esté por encima de la dignidad humana. Y entretanto, doña Unafut sigue emitiendo pronunciamientos que se van, girando y regirando, a lomos del viento.

Amigos: el racismo es una enfermedad colectiva, una gravísima patología social. Sí, la pueden suscitar cinco atorrantes en un estadio, pero es pandémica, se propaga de manera incoercible, genera conmociones colectivas que pueden alcanzar una violencia inusitada. Altamente contagioso, sí. Como la fisión del núcleo del átomo de uranio, basta con que un neutrón bombardee a su vecino, y la reacción que se generará podría ser cataclísmica. ¿Vamos a seguir esperando a que esto suceda, para tomar por fin las medidas del caso? Lo que hasta el momento es una bolita de nieve puede convertirse en avalancha: estamos a tiempo de revertir el proceso.

Blatter creó una división anti-racismo en el seno de la FIFA. Su jefe es ni más ni menos que el vice-presidente de la organización: Jeffrey Webb. Ya Bulgaria, Hungría y la República Checa han sido rigurosamente castigadas por manifestaciones racistas en partidos internacionales. Multas de $ 43 000, sustracción de puntos, encuentros realizados a estadio cerrado, en última instancia, expulsión de la FIFA.

En partido reciente, un jugador afro-descendiente del Milan, ante la reiterada agresión de la fanaticada rival (imitación grotesca del rugir de los simios) abandonó la cancha. Se quitó la camiseta: gesto significativo y conmovedor: “esto es lo que soy, este es el color de mi piel y no tengo por qué pedir disculpas por ello”. Pero lo más hermoso fue que tres compañeros siguieron su ejemplo. El partido fue suspendido. Arriesgándose a las sanciones de su equipo, sus correligionarios se solidarizaron y salieron del terreno.

Es lo que yo haría, si en mitad de un partido viese que un colega - de mi equipo o del cuadro rival- está siendo objeto de esos escupitajos, esos misiles morales que son los insultos racistas. Abandonar la cancha. Así de simple. Aunque me cueste el puesto. Aunque el técnico y la junta directiva me sancionen. Hay cosas que son innegociables. Cosas con las que no se juega. El único manifiesto que la gente suele entender: el de la acción, el de las palabras no sirve para un comino.

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