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MAGNÍFICOS

Un campeón para siempre

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Hay gente que se muere. Luego, hay gente que se nos muere. El pronombre establece aquí una diferencia fundamental. Los primeros se van. Los segundos se nos van. Al morir, nos matan un poquito. Se llevan una parte nuestra.

Se nos acaba de morir Tuzo Portuguez. Lo que voy a decir es sin duda absurdo, acaso una perfecta estupidez, pero, sinceramente, no sé de qué otra manera formularlo: hay gente que no se debería morir.

Por decreto de las potencias supremas. Así de simple. ¡El mundo es tanto más pleno con ellos! La observación simétrica es, por desgracia, igualmente cierta: hay gentuza que haría bien en morirse, ¡y lo antes posible! ¡Vamos, amigos lectores, no sean hipócritas: ustedes saben bien a lo que me refiero!

El más grande púgil que jamás produjo este cafetal con veleidades de gran metrópolis, peleó 5 veces en el Madison Square Garden, subió 243 veces al cuadrilátero en más de 40 países, nunca fue derrotado como campeón centroamericano, y fue declarado por el Consejo Mundial de Boxeo “el más valioso púgil más latinoamericano de los cincuentas”.

Amaba la música clásica. Solía ir a mis conciertos. Típicamente, los domingos por la mañana. Su conocimiento del repertorio sinfónico era inimaginable. Cálido, sonriente, dimanando luz, su abrazo de oso, su voz carrasposa, su sonrisa franca, en Do mayor y compás de cuatro por cuatro. “¿Idiay, Sagot, qué se sintió tocar ese Tchaikovsky?” “Ese, Tuzo, es, para un pianista, el equivalente de Foreman”: tremendo pegador, una maza de demolición”. ¡Ah, carajo!” Y al año siguiente: “¿Y ese Rachmaninoff?” “¡Ay, Tuzo, casi arrojo la toalla… como encerrarse con Joe Louis en pelea a cuarenta y cinco asaltos!” “¡Pucha, pero te salió magnífico, vení a la esquina, necesitás un masaje y un poco de hielo” -y reía a pleno pulmón.

En el camerino, mis colegas músicos, sorprendidos de ver a un boxeador mítico entre mi “cuerpo técnico”. Y un año después: “¡Sagot: qué bruto, ese piano quedó noqueado: yo solo vi cómo le dabas: tenés una zurda que no es jugando!” “Sí, Tuzo, Prokofiev es, pues como enfrentarse a Tyson y Marciano… ¡al mismo tiempo!” “¡Pues los derribaste a los dos, así me gusta!” Atesoro esos testimonios. Su presencia a mi lado. Sus palabras. Sus ocurrencias. Antes de salir a escena, llegaba a mi camerino: “Ya sabe, güevón: no afloje, no afloje: hay que doblegar a ese monstruo. No me venga ahora con pendejadas”. Lástima que, habiéndose retirado en 1964, nunca pude yo reciprocar su apoyo. Hoy alzo mi copa por él. Tuzo: los titanes como vos no mueren: ¡son campeones para siempre! Y no: jamás voy a aflojar.

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