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MAGNÍFICOS

¡Estos no sirven!

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El jugador indisciplinado, juerguero, disoluto. Por desgracia, suele ser también inusitadamente talentoso. Los técnicos deben detectar a estos elementos, y no contar con ellos. Son veneno para el equipo, organismo cohesivo, donde el todo depende del accionar de las partes, y cada parte tiene su razón de ser en función del todo.

Todavía comprendo el caso de Garrincha, un enfermo en el más puro sentido de la palabra: el “bebedor folclórico”, el borrachín del pueblo, el chichero de cantina arrabalera. Profundamente trágico, pero no lo juzgo: era un hombre ignorante, marcado por una infancia miserable. George Best, el mejor jugador irlandés de todos los tiempos, estrella del Manchester, tenía veleidades de playboy y se hacía llamar “el quinto beatle”. Aun después de un milagroso trasplante de hígado, persistió en beber… con sus propias manos cavó su fosa, selló la lápida y grabó su epitafio. ¡Qué lástima, qué dolor, una serpiente que zigzagueaba entre 5 rivales y anotaba cuando le placía! (lo vi ejecutar varias veces esta faena). Luego el fulgurante “loco” Houseman, que apenas brilló en 1974 y 1978 porque jugaba (y así marcó varios goles) en estado de intoxicación etílica. Y el disipado Paulo Cesar, cuajado de dones… pero no entrenaba, vivía de goma, mujereaba hasta la madrugada… ¡con una semifinal al día siguiente! (¿cómo Zagallo no lo echó en 1974?).

¿Y Romario? Convertía las congregaciones en caligulianas orgías. A media noche, Parreira tenía que ir a buscarlo a su cuarto: prostitutas, alcohol, droga, “maleando” al equipo -es una conducta epidémica: la alegoría de la manzana podrida que corrompe a las demás-. Ahí Zagallo sí aplicó manu militari: lo sacó del Mundial de 1998. El bombardero Müller, aniquilado por el guaro prematuramente. Beckenbauer, su compañero del Bayern y la Selección, lo levantaba de los caños, y en gesto de amistad ejemplar, logró rehabilitarlo. Y hoy, Ronaldinho -más creativo, chispeante, y mucho mejor pasador de bolas que Messi… pero un desastre humano. Fiestero, bohemio, bebedor, proclive a equivocarse de cama, de camino a casa. Pese a su reciente triunfo con el Mineiro, estrella extinta antes de tiempo.

En el deportista, la destreza debe ir de la mano de la integridad ética, el compromiso, la disciplina. Queremos gladiadores, no pachangueros, sibaritas, Hugh Hefners del futbol. Mil veces prefiero a hombres como Passarella, Matthäus, Dunga, Gattuso: futbol burdo, recio, desprovisto de belleza coreográfica: ¡pero la cabeza y el espíritu indoblegables! Vigilantes, pundonorosos, sacrificados… para mí, esos son los que valen.

¿Y Romario? Convertía las congregaciones en orgías

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